Las motos. ¡Qué invención del humano! ¡Qué pieza de la ingeniería! ¡Qué ingenio de nuestra civilización! Hay motos de todo tipo, cada una más maravillosa que la anterior. La motocicleta, el ciclomotor, la moto de agua, la cuatrimoto.
La primera —la motocicleta— es la más clásica y quizás la precursora. También la más arriesgada: con solo dos ruedas, con ella se consiguen altísimas velocidades, como en un automóvil, pero con el pellejo al aire, sintiendo los vientos en el cutis, con el usuario desprotegido y libre como animal salvaje. Hoy es imposible imaginarse un mundo sin este aparato perfecto con amplísima variedad de modelos, velocidades y corazas. Desde motos grandes, pesadas y sofisticadas —como las míticas Harley Davidson de los hombres duros y encuerados, o las BMW que parecen tanques acorazados en los que individuos acaudalados y aventureros atraviesan continentes por deporte—, hasta pequeñas motillos de metales débiles como la lata, que corretean en masa las semicalles de todo el subdesarrollo. Estas motillos brotan a borbotones de las callejuelas, por ejemplo, de humildes sectores del Caribe, o de ciudades y pueblos en el Sudeste Asiático, o de humanidades enteras en Bombay. Todas pilotadas por humildes gentes, a su vez, quienes encuentran en este vehículo asequible una alternativa para su sostenimiento, siempre acompañada de riesgo, adrenalina y diversión.
Luego hay otras motos que se inscriben en corrientes de estética aspiracional, como la Vespa, famosísima bicla italiana, infalible para que el personaje que la conduce pueda considerarse de buen gusto, refinado y toscano, aunque viva en Cochabamba o Bangalore. Pero también un poco desenfadado, “como quien no quiere la cosa”, como quien presume de su sencillez. Adquirir esta moto te da puntos en tu escala social.
¿Qué pienso yo? Que son todas espectaculares. Y si tengo que escoger mi atributo favorito: el sonido que producen.
Empecemos por la que probablemente nos regaló el sonido de moto por antonomasia, si se quiere: la Harley. Esta moto —por no llamarle obra de arte—, cuando se enciende, produce un característico bramido que parece como si una placa tectónica se reventara contra otra produciendo un terremoto que sepulta a una ciudad. O como cuando truena una balacera de ametralladoras en Mariupol. O como cuando, en cualquier lugar del Brasil, se estallan todos los petardos existentes cada vez que la selección argentina de fútbol recibe un gol en contra. Una verdadera maravilla de la ingeniería automotriz. Es tan especial el sonido, tan ameno, tan disfrutado por todos y todas, que incluso la compañía lo ha registrado como un atributo sonoro de su marca. ¡Está protegido por la propiedad intelectual! Y no es para menos: no vaya a ser que otra compañía fabricante de motos se atreva a imitar aquella música.
Después de esa vienen otras. Tantas otras motos, con sonidos muy ricos que toda la ciudadanía disfruta; no solo el usuario de la moto —que cuando es macho, bien se sabe que su genitalia indefectiblemente se ensancha apenas pone a tronar su caballo metálico—, sino que todos los demás que existimos a su alrededor, le veneramos y aceptamos el ruido con subordinación. Pero como en este colectivo unipersonal nos gusta siempre analizar las temáticas desde un ángulo de clase, vale decir que la abundante sonoridad que nos dejan las motos, se puede atribuir en mayor medida a las motos adineradas. A las motos de los ricos. A las más hermosas motos, las más rápidas, las de mejor diseño y mayor aerodinámica. Son esas, irremediablemente, las de mayor alcance sonoro.
Porque las motillos del pueblo, del populacho, del que reparte el delivery, del que va sin casco y en pantaloneta, del que pertenece a la inmensa mayoría de la población mundial, silban como polluelos en la inmensidad de la Amazonía. Truenan dentro de sus cajitas torácicas, dentro de sus paredes de lata, explotando sus pequeños y escasos pistones con ambición de rugir pero fracasando en el intento y relegándose a su condición miserable de ser motos frágiles, meramente funcionales, lentas y ridículas.
Pero hay excepciones, como en todo. Como las bicicletas convertidas artesanalmente en motillos por hombres que reparten domicilios en ciudades colombianas y que, agotados del pedaleo, les injertan un pseudo motor que grita como loco al no verse cobijado por una carcasa. Ese amago de moto genera, más bien, un grito de desespero, de auxilio, de que pongan fin a su sufrimiento.
Las motos poderosas, sin embargo, suenan elegante y potente, como ya hemos dicho. Musicalizan a la sociedad, que desde plazas y parques les observa pasar durante pocos segundos a alta velocidad y gran volumen. De lo que no se enteran los bienaventurados motoristas —ya que desfilan pitados—, es que mientras su estela apetrolada todavía endulza el ambiente tras su paso, casi siempre se levantan dos, tres, cuatro o diez personas en la plaza a ver quién era aquel modelo a seguir, casi que a aplaudir. Y cuando se trata de un hombre —como es muchas veces el caso—, algunas mujeres incluso susurran: “ojalá que sea soltero” o “me lo como”.
Como ya está claro, aquí no nos concentramos en las motos funcionales, las que únicamente se usan para cumplir un objetivo de transporte. Hablamos de las suntuosas, las innecesariamente veloces, las deportivas, las que deliberadamente han sido diseñadas para incrementar sus decibeles. No hay nada como estar conversando en una cafetería un sábado, con algún amigo o amiga, y de repente ser interrumpidos por lo que parece una turbina de avión a dos metros de distancia, pero que en realidad es un sujeto de gran genitalia pasando en su Suzuki de alto cilindraje. O por el hijo universitario de un destacado ejecutivo del tejido empresarial local, quien esa tarde salió a dar una vuelta en su moto de motocross, la cual alegremente aturde a todo el que la escucha. Esa moto es un placer, pues con el propósito de hacerla más rápida y competitiva, es despojada de los mecanismos que silencian el ruidajo de la pistonería. Perfecta para salir a comprar un cigarrillo a la tienda o para impresionar a la compañera de clase.
Misma moto que cuando, en compañía de familia y amigos, sale uno a darse un paseo por el campo, a hacer una ruta por el bosque, a respirar aire fresco en el entorno natural, y a lo lejos truena sin previo aviso, ahuyentando la quietud del bosque, así como la quietud mental de uno, todo de un sopetón. ¡Para qué tanta quietud, tanta meditación en el campo, si se le puede meter adrenalina a la vida, desordenarse un poco, carajo! Es una vez más el muchacho estudiante de administración de empresas, futuro líder del país, explorando el monte con su Yamaha, disfrazado de Travis Pastrana, seguido de sus amigos del club.
Sensación similar produce la moto de agua cuando atraviesa la bahía, como un satélite de SpaceX lo hace al firmamento, irrumpiendo con su música lo que previamente era un entorno natural y relajante. En ese caso, seguramente la conduce, de manera divertida y lúdica, el mismo muchacho empresario, disfrutando de su semana de receso universitario en compañía de sus colegas igualmente hijos de figuras decisivas del país. Este caso es especial porque, con las motos de agua —regalo que la industria automotriz ha dejado a los mares— el piloto no solo penetra el campo acústico del pueblo que habita o disfruta de las playas cercanas, sino también de todos los seres vivos del agua. Si algo tendríamos que agradecer, es la obra social de las motos de agua, al espantar con su turbulencia y vibraciones a toda aquella fauna marina que puede resultar incómoda para el bañista.
De manera que, no. No considero que estas motos poderosas y estrafalarias, ya sean de tierra o de agua, sean un estorbo, o sean un aparato de transporte completamente innecesario, que parece no existir para transportar, sino para meramente divertir a su usuario a la vez que contaminar e inundar de ruido a este planeta, como argumentan algunos miserables envidiosos. Envidiosos como ciertos legisladores que cada vez más promueven normas restrictivas, regulan los decibeles, castigan a los usuarios moteros, les limitan su libertad sonora. Les persiguen pues les admiran secretamente, les desean sexualmente.
Considero más bien que estos artículos cumplen, con su ruido espectacular, funciones sociales fundamentales, como el fortalecimiento de la hombría y estatus de los señores poderosos y de sus herederos. Como el asegurar la descendencia de esos mismos hombres al favorecer sus posibilidades de cortejo y reproducción —pues bien hemos visto cuánta excitación despierta ver a un hombre con su ruidosa moto por la ciudad, sin importar su aspecto o sus valores—. Como permitirnos deleitarnos con el deporte motorizado, el motocross, el enduro, y demás competencias imprescindibles, que tanto le aportan a la naturaleza y la humanidad. O como limpiar las playas, cuando se trata de las motos de agua, de toda la basura animal que la habita para que el pueblo pueda darse un baño sin preocupaciones. Héroes sin capa.
Así que sépase que, desde esta tribuna, estamos todo a favor de la cultura motera. Del ruidajo. De la genitalia ampliada. De lo extra-funcional. De lo superfluo. Del “lo hago porque quiero, puedo y no me da miedo”. Del pensar solamente en uno. Uno con la moto, y la moto con uno. Y no hay nada más.
