<?xml version="1.0" encoding="utf-8"?>
<feed xmlns="http://www.w3.org/2005/Atom" xml:lang="es">
  <title>Parque Amarillo - Artículos</title>
  <subtitle>Picnic de opiniones y anécdotas que será Parque Amarillo. En el cesto, temas de actualidad bien fresquitos, junto a aderezos de humor, crítica y análisis.</subtitle>
  <link href="https://parqueamarillo.com/articulos.xml" rel="self"/>
  <link href="https://parqueamarillo.com/"/>
  <updated>2026-02-04T18:43:00Z</updated>
  <id>https://parqueamarillo.com/</id>
  <author>
    <name>Juan Torregrosa, Jorge Jaramillo, Felipe Moyano</name>
    <email>info@parqueamarillo.com</email>
  </author>
    <entry>
      <title>De Colombia y el comino</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/de-colombia-y-el-comino/"/>
      <updated>2026-02-04T18:43:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/de-colombia-y-el-comino/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;“¿Cuál es la historia del comino en Colombia?”, me preguntó alguna vez nadie, dando lugar a esta reflexión notable.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para describir al comino, un primer impulso lleva al “mundo árabe”, aunque no sepamos exactamente lo que eso significa. En el imaginario de Colombia, lo árabe se atribuía a todo lo libanés y colindante de esas geografías. Lo árabe servía para unificar aquella amalgama diversa y compleja de gentes que empezaron a aparecerse en ciudades portuarias caribeñas, desde fines de siglo diecinueve. Fueron apodados como “turcos”, buscando aún más simplificación, dícese, pues los pasaportes de libaneses, sirios y palestinos venían expedidos por entonces por el Imperio Otomano —o &lt;em&gt;Empire Ottoman&lt;/em&gt;, como lo ponían exactamente—. En esos tiempos aligerados, poco cuidado le prestaba el barranquillero de a pie a las pertenencias étnicas o identidades culturales; gustaba más de mamar gallo. Hoy la cosa sigue igual.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así que volviendo, ese polvillo intenso llamado comino, que se apropia de cada platillo al que es invitado, nos llevaba a lo árabe. O sea a los turcos. “Me sabe como árabe, debió de haberlo traído alguno de los turcos”, imagino que alguna vez dijo alguien en la sabana de Córdoba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero la realidad es que el comino seguramente vino un par de siglos atrás, cuando los españoles articularon el inédito intercambio de frutos y especias entre continentes. Ellos ya habían incorporado la especia en su cocina mediterránea, quizás desde los tiempos en que el reino islámico gobernó sobre la península. Más adelante, además, el europeo se obsesionaría con los productos y botines y tributos despojados en sus conquistas violentas, como todas las especias exóticas de Oriente Medio en su momento, la seda del Lejano, el oro del Nuevo Mundo, el algodón, el azúcar, el tabaco, y tanto más. No por nada el extremeño Gonzalo Pizarro, hermano pequeño de Francisco —verdugo de Atahualpa y conquistador del Perú—, se empecinó en la búsqueda de un bosque imaginario atiborrado de árboles de canela, en las faldas de los Andes, llevando a la tragedia a una expedición de miles.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De manera que el comino tendría en su momento un confuso gusto árabe-turco-otomano, pero también andaluz y mediterráneo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En nuestro país, el comino fue un elemento más que se integró en la desordenada hibridación que padecimos. Un condimento que, en su viaje por el tiempo y la cultura, se introdujo a sazonar una mezcla que todavía no estaba en su punto. Llegó a implicarse en los platillos y sabores que alimentaban al blanco, al negro y al indio, al mestizo, al sambo y al mulato, junto con los embutidos añejos de los hombres de barba, las tajadas de maduro de los esclavos, los bulticos de maíz de la raza de cobre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Traído al presente, el comino escurridizo se ha colado hasta la médula. Hoy a nosotros, por ejemplo, el comino nos recuerda al &lt;em&gt;hogao&lt;/em&gt;, aquel guiso que es un básico discreto y una puerta de entrada a la cocina colombiana.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nuestra gastronomía, cerrando el primer cuarto de siglo veintiúno, no ha sido reconocida ni es famosa o exitosa a nivel global. No es como la peruana o mexicana, que en ese ámbito han destacado en la región. La falta de brillo en la cocina propia, con el perdón de muchos, puede que se deba a que no hemos sabido recogerla, abrazarla en su grandeza y darle un envoltorio, para así, presentársela a otros. Presentársela a los jueces, franceses y nórdicos, por ejemplo, que saben mucho de estas cosas. Hace poco una ficción británica dictaminó por primera vez que un restaurante colombiano es el número uno de América Latina —aunque solo durante ese año—. La ilusión que sintió el pueblo colombiano por este hecho fue semejante a cuando Juan Pablo Montoya conquistó la Fórmula 1 (asombrados por destacar en algo que no nos parece lo natural, como boxear o jugar fútbol o incubar sicarios o diseñar la paz de un país).&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Supondría uno que el restaurante galardonado preparará el &lt;em&gt;hogao&lt;/em&gt; usando comino.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La dificultad para catalogar, exaltar y posteriormente mercantilizar la gastronomía de esta selva inconmensurable, se atribuye a las mismas razones por las que somos una nación un poco fallida. No somos capaces de abrazar toda esta riqueza. No es lo mismo proteger, gobernar y oprimir adecuadamente —haciendo &lt;em&gt;home office&lt;/em&gt; en el Chicó—, a los pueblos amazónicos cuyos ríos colindan con el Perú, que a los pueblos caribeños bañados por el Golfo de Morrosquillo, o que a una de las capitales colombo-africanas que es Quibdó. Una cosa es el pirarucú con harina de yuca, otra el medregal frito con arroz de coco, y otra un arroz de longaniza pigmentado con achiote.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por eso al comino hay que reconocerle que, aún siendo una especie invasora, ha sabido inmiscuirse en una de las preparaciones que de a poco se ha regado por toda esta geografía incómoda. De los litorales a las cordilleras, de los páramos a los pueblos, a las guerrillas, las selvas y los desiertos. Misma hazaña de Diomedes Díaz con su música, que hoy se disfruta póstuma en cualquier punto aleatorio del mapa de este país, ya seas campesino, indio, empresario, combatiente, palenquero o ROM. El “hogao”, ese guiso compuesto por tomate, cebolla larga, comino, sal, pimienta, aceite, y a veces cilantro, se disfruta como un producto terminado para coronar y saborizar amasijos de toda índole; o como base discreta de preparaciones mayores, como sancochos, frijoladas, pollos, cerdos, pescados o también opción vegetariana. Es técnica y manjar, a la vez.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El comino forastero, entonces, ha llegado a constituir una de las bases que nos identifica como colombianos. Como lo hizo el gen moro para embellecer el fenotipo de los españoles.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El comino sabe árabe, turco, mediterráneo, moro y colombiano.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Jorge Jaramillo</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>Día de aprendizajes</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/dia-de-aprendizajes/"/>
      <updated>2026-01-16T00:00:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/dia-de-aprendizajes/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;Me desperté en una cama doble. Eso ya era un cambio drástico con respecto a las noches en carpa que habíamos pasado las últimas semanas en la Patagonia Chilena. Acabábamos de cruzar la frontera de regreso a Argentina hacía un par de días y aún estábamos acostumbrándonos a los lujos que nos permitía el cambio favorable del dólar. El día anterior había sido largo debido a un pinchazo en una ruta poco transitada y una buena noche de descanso era más que bienvenida.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al salir de la casa me encontré a Sergio Andrés trabajando en su moto con su dedicación habitual. Le pregunté si quería algo de desayuno, sabiendo cuál sería la respuesta de antemano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No, yo estoy bien —contestó—; así que salí a explorar los alrededores del lugar con la esperanza de encontrar algún pan, torta o queso. Sin éxito, volví resignado y, pasando por la entrada, dije:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tocó desayunar mate.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Una hora después estábamos listos para arrancar, maletas montadas en las motos, cadena lubricada (la de él, yo estaba tomando mate), y ruta planificada. Iríamos en dirección norte con intención de llegar a Bariloche, sin afán, pero con ansias de volver. Sentíamos en el cuerpo el cansancio de los últimos días largos de ruta y necesitábamos descanso, quietud y caras familiares. Sin embargo, Sergio propuso un desvío en Trevelín para recorrer un tramo del Parque Nacional Los Alerces, hoy sería nuestra última oportunidad de visitarlo.&lt;/p&gt;&lt;figure class=&quot;my-8&quot;&gt;&lt;picture&gt;&lt;source type=&quot;image/webp&quot; srcset=&quot;https://parqueamarillo.com/img/ey8BHXQMZe-1600.webp 1600w&quot;&gt;&lt;img src=&quot;https://parqueamarillo.com/img/ey8BHXQMZe-1600.jpeg&quot; alt=&quot;Empezando el día&quot; width=&quot;1600&quot; height=&quot;900&quot;&gt;&lt;/picture&gt;&lt;figcaption&gt;Empezando el día&lt;/figcaption&gt;&lt;/figure&gt;&lt;p&gt;Como una especie de oración al partir, ya que la suerte no nos había acompañado mucho en los últimos días, Sergio nos encomendó al universo para que tuviéramos un día tranquilo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El universo tenía otros planes. Veinte minutos después rodábamos con buen clima y un gran paisaje: cielos azules despejados, la cordillera a nuestra izquierda con sus picos nevados y alguna que otra laguna en el horizonte. Mi apreciación del paisaje fue interrumpida por un ruido y la perdida de tracción de mi llanta de atrás. Se había soltado la cadena. Afortunadamente no se había roto ni enredado. Ligeramente preocupante, en todo caso, pero tampoco inesperado por los terrenos que habíamos atravesado en las últimas semanas. La pusimos nuevamente y quedamos de revisarla cuando llegaramos a Bariloche.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Debería andar con cuidado hasta que la cambie —dijo Sergio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Unos 15 minutos después la cadena saltó nuevamente. Ahora sí se había enredado entre el rin y el piñón, causando que uno de los eslabones se doblara casi al punto de romperse. Este sí era momento de preocuparse, ya que Sergio —como me había advertido incontables veces durante el viaje— no tenía la herramienta adecuada para reemplazarlo y yo, si acaso, tenía entre mis herramientas un mate, un destornillador y aceite de oliva.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Inspeccionamos la gravedad del daño para evaluar nuestras opciones: la moto no podía andar más así. La única esperanza era intentar enderezar el eslabón. Saqué mi navaja de pinzas, que hasta ese día había sido invaluable para cortar quesos y salames, y después de múltiples intentos concluimos que no era la herramienta adecuada para esta tarea, mucho menos en nuestras inexpertas manos uniandinas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Afortunadamente, no tardó demasiado en manifestarse la famosa solidaridad argentina hacia los moteros en forma de un par de tipos en un camión antiquísimo de transporte, que pararon a ver si necesitábamos ayuda. El copiloto de alrededor 20 años y el piloto de unos 40 venían de dejar una mercancía en la frontera chilena y estaban disfrutando de una birra dominguera mientras conducían de regreso a casa. Al explicarles la situación, el conductor sacó una pinza gigante de unos 50 cm y con un solo movimiento ajustó el eslabón. El nuevo plan era andar la moto, lentamente, hasta un lugar que ellos conocían de carga de ganado para poder subir la moto a la altura del camión y así llevarla remolcada hasta el siguiente pueblo donde pudiéramos buscar si un mecánico nos atendía, pues normalmente descansan los domingos.&lt;/p&gt;&lt;figure class=&quot;my-8&quot;&gt;&lt;video controls=&quot;&quot; class=&quot;h-&#92;&#92;[50vh] w-full rounded-lg shadow-md&quot;&gt;&lt;source src=&quot;https://parqueamarillo.com/static/videos/el-camion.mp4&quot; type=&quot;video/mp4&quot;&gt;&lt;/video&gt;&lt;figcaption&gt;El camión gaucho&lt;/figcaption&gt;&lt;/figure&gt;&lt;p&gt;Llegamos a un taller de garaje y el que lo atendía era un bacán, inmediatamente se puso en la tarea de ayudarnos, pues hoy nosotros éramos los viajeros por Argentina pero el día de mañana podría ser él por Colombia. En poco más de una hora logró reemplazar el eslabón dañado, temporalmente, así que igual tendría que manejar con cuidado hasta cambiar la cadena completa. Le entregamos el único efectivo que llevábamos, que tampoco era mucho, y quedamos Sergio y yo parados a las tres de la tarde, habiendo recorrido treinta kilómetros frente a las motos, con la siguiente pregunta: ¿y ahora qué hacemos?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nos miramos un rato mientras cada uno consideraba cuáles eran nuestras opciones en este punto. Bariloche aún estaba a 350k, no habíamos desayunado, no teníamos un centavo, no teníamos señal de teléfono y, además, era domingo. Sergio, siempre determinado, dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nos miramos un rato mientras cada uno consideraba cuáles eran nuestras opciones en este punto. Bariloche aún estaba a 350 kilómetros; no habíamos desayunado, no teníamos un centavo, no teníamos señal de teléfono y, además, era domingo. Sergio, siempre determinado, dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Por esa carretera de la izquierda se llega a los Alerces.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Agarrando el sentido de sus palabras, suspiré y comencé a alistarme. No estaba enteramente convencido, especialmente porque tendría que manejar despacio, pero sabía lo mucho que él quería hacer esa ruta del parque y, honestamente, yo también.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Empezamos el ritual de arrancar: calentar la moto, orinar, chaqueta, cuello, guantes, música... en fin. Pero, en vez de arrancar para que yo lo siguiera, Sergio simplemente apagó la moto y dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No, parce; demasiadas banderas rojas. No tenemos plata, no tenemos señal y, además, no sabemos si la carretera está abierta. —Al parecer había una carrera de &lt;em&gt;cross&lt;/em&gt; por esos días—. No nos pongamos a mariquear y a tentar el destino; mejor vamos al pueblo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Suspiré nuevamente, esta vez con alivio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nuestra primera parada fue en la oficina de turismo para ver si la carretera estaba abierta. ¿Por qué? No lo sé. Para mí no tenía sentido, ya que habíamos dejado atrás la idea de tomar la ruta de Los Alerces. Más que eso, el cansancio y el hambre se estaban convirtiendo en exasperación. Por mi parte, decidí buscar algún lugar para cambiar dólares. Para los que han estado en Argentina, sabrán que esto es mucho más común de lo que suena. Desde una gasolinera hasta una papelería pueden actuar como casas de cambio &lt;em&gt;express&lt;/em&gt;. Pero este no era un día en el que la suerte estuviera de nuestro lado. El único lugar que encontré fue un supermercado con un viejo zorro que fue capaz de afirmar, con toda la seriedad del mundo, que el dólar en Argentina iba a empezar a bajar y que nos cambiaría a un precio más bajo que el dólar &lt;em&gt;blue&lt;/em&gt;, como favor a nosotros.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Después de recibir este nuevo golpe a nuestros magullados espíritus, Sergio dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Estoy listo para largarme de este hijueputa pueblo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A lo que yo respondí:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Yo de aquí no me voy sin comer algo antes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esta vez, era el turno de mi compañero para exasperarse conmigo. Muy a regañadientes y con algún madrazo adicional, nos dirigimos a la única estación de servicio que había en el lugar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No exagero cuando digo que ese fue el peor sándwich de milanesa que me comí en Argentina de todas las veces que fui. Qué maldita decepción: más caro que el de la YPF, duro, pequeño e insípido. Esa fue mi primera comida del día, la cuál consumí vorazmente en un humor negro, con un café del cual honestamente no me acuerdo, pero estoy seguro de que estaba feo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así que no nos quedó más que despejar nuestra mente con lo único decente que tenía ese lugar, WiFi gratis y pasar unos minutos en nuestros respectivos espacios virtuales mientras reuníamos el ánimo necesario para arrancar. Sergio, decidido, no contemplaba la idea de pasar el día en aquel lugar. Sentados en una mesa frente a frente, con la cara agachada en nuestros teléfonos, en silencio, esperando que se nos pasara la exasperación del uno con el otro fue que, inesperadamente, nuestros corazones maltratados estaban a punto de adquirir un nuevo propósito.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Pille —dije, mientras le alcanzaba el teléfono con una conversación de Instagram abierta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sergio tomó el celular para leer el mensaje. Cuando terminó, se enderezó sobre la silla, se quitó las gafas, las puso cuidadosamente en la mesa y, mientras se frotaba fuertemente el puente de la nariz y los ojos, dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Usted hace cuánto sabe esto?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Encogí los hombros y respondí:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Acabo de ver el mensaje… Ahí les contesté que seguíamos en Trevelin.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Me está diciendo que hay tres francesas en Bariloche, con una casa solo para ellas, invitándonos a pasar la noche?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ujumm.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Y qué hijueputas estamos haciendo aquí sentados?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las tres francesas eran un grupo de chicas que habíamos conocido unas semanas atrás cuando estábamos bajando en dirección sur. Sergio, siempre observador y extrovertido, las había notado en varios puntos a lo largo de la ruta viajando a dedo. Una tarde de un día entero de ruta, decidimos parar en un pueblo, del que no recuerdo el nombre, pero que fácilmente podría ser el escenario de una película de apocalípsis zombie ambientado en la Patagonia. Allí fue que, nuevamente, encontramos a las tres chicas, caminando con sus mochilas por la mitad de la calle. Sergio no pensó dos veces en abordarlas, mientras yo lo esperaba una cuadra más adelante. Después de unas cuantas palabras, caminaron a donde yo me encontraba. Sergio me señaló con el dedo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Él habla francés —dijo y, mirándome a mí, agregó—: Dígales que busquemos hotel juntos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aquellas francesas que conocimos en el pueblo más recóndito del sur, estaban en Bariloche, en una cabaña invitándonos a pasar la noche allá. Sin pensarlo dos veces y con renovadas energías pusimos en nuestra mente la misión de llegar a Bariloche ese mismo día. Naturalmente, esto implica comenzar con el ritual de alistar alistar las motos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En el parqueadero de la estación vimos un grupo de moteros; venían en sentido opuesto —o sea, en dirección sur— y acababan de hacer el mismo tramo que nos preparábamos a recorrer. Se veían cansados; para ellos ya era el final del día, que es lo normal hacia las cuatro de la tarde, cuando empieza a escasear la luz. Les preguntamos cómo estaba la ruta, a lo que respondieron que había estado durísima, que había mucho viento y que los había obligado a parar en un tramo de la carretera a esperar que pasara.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Para dónde van ustedes? —nos preguntaron.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Para Bariloche —dijimos. Nos miraron con cara de locos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿A esta hora? ¡Ya está! ¡Qué se van a ir a Bariloche ahora!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero nuestra decisión ya estaba tomada. Intercambiamos un par de saludos amigables con los demás miembros del grupo y seguimos nuestros preparativos. Justo antes de arrancar, Sergio se quedó mirándome y dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—No podemos llegar con las manos vacías. Deberíamos llevarles algo. ¿Qué les gustará? —me preguntó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lo que su corazón le dicte —respondí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dos minutos después regresó del quiosco de enfrente con una bolsa negra en sus manos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—¿Qué compró? —le pregunté.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sin contestarme, me entregó la bolsa para que la guardara.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Camine —dijo, y prendió su moto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fue así, dejando que nuestra determinación silenciara el cansancio de las últimas horas, que arrancamos el trayecto de trescientos kilómetros a Bariloche. El inicio fue bellísimo, pues hay pocos paisajes comparables a la Patagonia al atardecer, el sol pareciera que tarda horas en ponerse mientras el azul del horizonte se va transformando de anaranjado a rojo y de rojo a morado. Teníamos que aprovechar las escasas horas de luz para atravesar un tramo de Esquel que se encuentra entre dos montañas y se forma un túnel de viento, así que arrancamos bastante rápido. No tardamos mucho en toparnos con un viento de frente, que no me permitía acelerar a más de 40 km/h. Sergio, al ver lo mucho que me estaba costando avanzar decidió tomar la posición de adelante y alivianar mi paso con su moto más grande.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No recuerdo en qué momento empezó a llover. Sé que ya estaba oscuro, habíamos dejado atrás el túnel de viento e íbamos camino al Bolsón. La lluvia complicaba un poco la visibilidad, pero aún quedaban destellos de luz para guiarnos. Fue el tramo más fácil del día; disfrutable, incluso, ya que marca un cambio de paisaje donde va quedando atrás el desierto patagónico y se empieza a percibir el verde más profundo que recubre la región de los grandes lagos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llegamos empapados al Bolsón y paramos a cargar gasolina. Estábamos de buen ánimo, habíamos surcado el tramo más exigente y esta sería nuestra última parada antes de llegar a nuestro destino. A unos 100 metros vi la oportunidad de eliminar la última molestia del día que me quedaba: el sabor de aquel terrible sándwich de milanesa de Trevelin. Aprovechando que Sergio no estaba, corrí al carrito y pedí la hamburguesa más grande que tenían. Hice mi mejor cara de inocencia cuando regresé a él con mi pedido en las manos, porque sólo me contestó con su risa. Quisiera recordar que nos la comimos juntos, aunque lo más posible es que ni siquiera la probó. En todo caso, estábamos listos para recorrer el último tramo del día. Serían ciento veinte kilómetros y estos serían en completa oscuridad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aún lloviznaba cuando arrancamos y lo primero que pensé al salir del casco urbano fue que habían muchas más curvas de las que recordaba en ese tramo. La visibilidad era mala, no podía ver a más de tres metros en frente mío, y la luz de mi moto modelo 2003 no tenía fuerza suficiente para iluminar a través de la lluvia. Íbamos muy lento para una calle pavimentada, pensé en parar y decirle a Sergio que tomara la delantera con sus exploradoras.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No lo hice, fue solo un pensamiento. Es difícil describir el estado casi meditativo de manejar una moto por horas. Uno entra en un trance en el que el ser se divide en dos: el que maneja y el que piensa. Como dos ríos paralelos, que a veces se cruzan y se separan de nuevo. En uno viajan pensamientos que van y vuelven, fluyendo con la corriente direcciones aleatorias, mientras que el otro se mantiene constante, atento, pasivo y alerta al mismo tiempo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mi trance terminó súbitamente, después de treinta minutos de completa soledad, cuando un carro nos adelantó iluminando todo el camino que teníamos por delante. Instintivamente aceleré para mantenernos a pocos metros y poder andar más rápido durante el tiempo que fuera en nuestra misma dirección. Cuando finalmente nos dejó, unos 45 minutos después, ya estábamos respirando con aire de triunfo. Faltaba media hora para llegar a Bariloche.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Paramos unos minutos al lado de la carretera, en la oscuridad intensa de una noche fría: parecía un buen lugar para tener un momento de reflexión. No sería el primero ni el último. Si bien era raro que manejáramos de noche, en un viaje de este estilo los imprevistos están garantizados y habíamos adoptado la costumbre de apreciarlos. Apagamos las motos y prendí un cigarrillo mientras estiramos las piernas. Hacia arriba no quedaba rastro de las nubes de lluvia que nos azotaron casi todo el camino y en su lugar quedaba un cielo despejado y lleno de estrellas. A lo lejos podía ver el tenue resplandor de las luces de Bariloche.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Miré mi teléfono por primera vez en horas para buscar la conversación que había desatado esta travesía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Sergio Andrés —dije—. Yo no les pregunté dónde queda el hospedaje; tengo el nombre, pero sin internet ni idea de cómo llegar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Usted sí es que es bien marica; allá miramos qué hacemos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Ojalá sigan despiertas —dije suspirando.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La última parte del trayecto transcurrió sin inconvenientes. La carretera estaba iluminada y teníamos energía de sobra de saber que la mayor parte del camino estaba atrás de nosotros. Nos costó un par de minutos encontrar la dirección exacta del hospedaje, pero como quedaba sobre la vía principal, no fue mucho tiempo. A pesar de la hora, ellas estaban pendientes de nuestra llegada; salieron a ayudarnos a descargar nuestro equipaje y a acomodarnos en su cabaña.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Les contamos de nuestra travesía mientras nos ofrecían algo de comida que tenían preparada y una cerveza. Conversamos un buen rato, ellas en un intento de español y nosotros en un intento de francés. De repente, con un sonido seco, Sergio plantó sobre la mesa la bolsa negra que llevaba en mi equipaje: era una botella de tequila. A riesgo de sonar cursi, la reacción de nuestras amigas no fue nada menos que &lt;em&gt;oh lá lá&lt;/em&gt;. Sin embargo, a pesar de esta generosa ofrenda, tras unos minutos más de conversación se despidieron para ir a dormir. Ellas tres tomarían la cama doble del primer piso; Sergio y yo tomaríamos cada uno una cama sencilla en el segundo junto con nuestra botella.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Empezamos a tomar sorbos. Tal vez seguíamos cargados de la adrenalina del día, o quizás el tequila nos estaba dando nuevos ánimos. Empezamos a conversar, como muchas noches anteriores. Sobre las sensaciones de ruta, sobre lo que nos esperaba al regreso, sobre los sueños futuros, sobre los amores pasados, presentes y futuros. Nos emborrachamos; no recuerdo el momento en el que me dormí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La vista al despertar fue inesperada. Sabía que estábamos cerca al lago, lo había escuchado en la noche, pero en la oscuridad no lo alcancé a percibir. Salí por la ventana para pararme en el techo a recibir la vista y el aire de la mañana. Brillaba un sol resplandeciente con una brisa fresca de otoño. El agua azul oscuro reflejaba los destellos de luz hacia todos lados. Respiré el aire frío de otoño y reflexioné, nuevamente, sobre una de las lecciones más importante del día anterior:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A las francesas, lo que hay que regalarles es vino.&lt;/p&gt;&lt;figure class=&quot;my-8&quot;&gt;&lt;picture&gt;&lt;source type=&quot;image/webp&quot; srcset=&quot;https://parqueamarillo.com/img/5B-DPKDDDm-1600.webp 1600w&quot;&gt;&lt;img src=&quot;https://parqueamarillo.com/img/5B-DPKDDDm-1600.jpeg&quot; alt=&quot;El despertar&quot; width=&quot;1600&quot; height=&quot;900&quot;&gt;&lt;/picture&gt;&lt;figcaption&gt;La mañana siguiente&lt;/figcaption&gt;&lt;/figure&gt;</content>
      <author>
        <name>Felipe Moyano</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>El fin de las sirenas</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/el-fin-de-las-sirenas/"/>
      <updated>2025-12-17T16:06:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/el-fin-de-las-sirenas/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;&lt;em&gt;“Les contaste un cuento sabiéndolo contar y creyeron que tu alma andaba mal”&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;El Tuerto y los Ciegos - Sui Generis&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Muy tarde descubrí que en la vida marina el cielo es otro, que bajo el agua no existe la bóveda estática que hay en la tierra. La mayoría de las criaturas marítimas no sabe que cuando se cruza la oscilante frontera del agua, hay más vida. Ni siquiera nos enteramos de que nos rodea un elemento líquido que nos permite flotar, nadar, respirar y —total— existir. Tampoco tenemos por qué saberlo, en nuestras vidas rara vez hay margen para estas cuestiones. Y si llegamos a descubrirlo es porque estamos condenados: en la superficie, cuando se dilatan nuestras branquias y luchamos por no ahogarnos, entonces nos preguntamos por el mundo árido en el que terminamos. Algunos tenemos la suerte de volver al mar y la historia que contamos es tan inverosímil que preferimos guardarla y llegar a nuestro ocaso con la tristeza de no haber compartido la verdad. Incluso, cuando esta hubiera salvado a más de uno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Siendo cangrejo, muy joven conocí las redes marinas. Me libré de ellas hasta el día que ya no pude: un violento jalonazo me sacó del agua y sentí cómo se duplicó mi peso. Caí en una superficie sólida y plana. Supe que éramos muchos y cuando busqué acomodarme, un nuevo sacudón nos arrastró hacia un agujero negro. Mis tenazas quedaron aprisionadas en una ranura y vi como una de ellas se desprendió de mi cuerpo cayendo con los demás. La otra amenazó con partirse, pero no lo hizo y me sostuvo. La superficie se volvió a enderezar y me pude liberar. Quedé de espaldas sin poder dar la vuelta y supe que estaba solo. Me costaba respirar, pero una reminiscencia de agua que caía me mantenía vivo. El cielo estaba oscuro y no ondulaba como antes. En el centro había una gran esfera blanca que lo iluminaba todo. Su luz me transmitió una calma que no sabía que necesitaba. El brillo, antes que molestar, me hundía en un trance del que no quería despertar. El mundo me dejó de importar y pensé que me quedaría allí para siempre. No sé cuánto tiempo pasó cuando escuché un golpe que me despidió una vez más. Caí al mar y me encontré nadando torpe y ciego en un arrecife desconocido.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Narré lo que me había pasado, pero recibí rechazos y burlas. Tanto mi historia como mi deformidad —tuerto y manco— me llevaron al ostracismo. Quise saber qué me había pasado y busqué las alturas. Terminé por aislarme en la roca más alta del arrecife, cerca de la frontera con la superficie. Nunca la alcancé pero ya no quise bajar. Me dediqué a buscar la esfera de luz de aquella noche. Comprendí que lo que vemos es solo un reflejo, que la luna está allá afuera y que es inalcanzable. Estudié todo de ella, aprendí sus ciclos y llegué a predecir fenómenos tan extraños como los eclipses. Esa sabiduría me hizo una criatura solitaria, incomprendida y misteriosa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Llegó un tiempo en que la luna se acercó más de lo usual y fue cuando el océano más brilló. También fue cuando de las profundidades salieron unas criaturas únicas y mágicas. Empezó con un prisma de colores que pintaba un arcoíris en el arrecife. Tenía que ser el destello de escamas muy largas. A esto se sumó una melodía que resonaba en los corales. Entonces vi especímenes como no los había visto antes, no en estos mares, no en esta existencia. Si había algo de animal en ellos eran sus aletas, aunque no se parecían a la de ningún otro pez. Eran lisas y traslúcidas, pero se movían y aparecían todos los colores. Aún tan atractivas, era lo que menos llamaba mi atención: tenían torsos imposibles, pieles que no eran del agua, extremidades abundantes y largas que parecían no tener sentido y que se meneaban con la corriente como si fueran rollizas algas ondulantes. Y sus rostros, lógicos en su constitución, pero tan complejos en su individualidad —cada uno era único y diferente— que consumaban una belleza inenarrable.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Nadaban en una especie de banco, no del todo coordinado, pero nunca aleatorio. Ascendían con velocidad. No lo adiviné de inmediato pero una vez cerca lo entendí: venían por la luna. Les hipnotizaba su reflejo blanco y esbelto que bailaba al ritmo de la marea. Lo querían poseer. Intentaban sujetarlo con sus brazos en cada nueva interacción, pero se escapaba y reaparecía luego de un efímero burbujear del agua. Uno por uno, en intervalos definidos y con movimientos cada vez más solemnes. Y el reflejo nunca se dejaba atrapar. Finalmente se desvaneció con la luz del amanecer y las bellas criaturas descendieron, ebrias de amor y queriendo recuperar sus fuerzas para un nuevo flirteo. Me rendí al sueño mientras le daba vueltas a un verso en mi cabeza: tontas sirenas es por el mar que la luna baila y baila sin parar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fue una semana en que la gala se hizo habitual en el arrecife. Cada nueva velada era un despliegue profuso y sublime. Los peces que observaban sintieron que vivían su mejor vida y agradecieron este extraño regalo. La alegría y el confort fueron colectivos e incluso yo quise participar de la ilusión. Pero la realidad no me lo permitía y temía el día en que se descubriera. ¿Qué pasaría con estas criaturas? ¿Ya no subirían más? ¿Y los que habían depositado su bienestar en ellas? Estas dudas me mantenían al margen del trance. Llegué a pensar en elevar mi voz, detener el espectáculo, ¡advertir sobre el falso idilio! Pero no podía sino recordar el rechazo y preferí callar. No fueron muchas más las vigilias, pues la tragedia no tardó en llegar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La séptima noche inició tan espectacular como las anteriores. Pero una vez se consumó el éxtasis del baile, algo cambió. El reflejo se empezó a atenuar. No es que se hiciera más esquivo, sólo su brillo era cada vez más opaco. Las criaturas se angustiaron e intentaron hacerse a su amante con más ímpetu. El burbujear era intenso y las corrientes de su aleteo sacudían la arena. El caos y la bruma no me permitían ver. Entonces se detuvieron, le daban la oportunidad a la calma. Pero solo hubo oscuridad. La intensidad de sus miradas, antes traducidas en amor, ahora era de desconcierto. Estaban en pausa. En los ojos de una vi el desespero exasperar y de repente, con una fuerza sobrenatural, nadó vehemente hacia la superficie. Atravesó la frontera y desapareció. El tiempo se detuvo por unos momentos. Cayó plena al agua causando un nuevo estallido de burbujas. No pasó un instante y ya otra la imitaba con la misma violecia. Una vez más al aire y otra vez el golpe seco al agua. Una más y otra más. De pronto eran misiles que aparecían de lugares impredecibles causando pánico entre los animales del arrecife. Quise gritarles, pero no había forma de que me escucharan. El delirio bullía y entonces una despegó ciega entre el burbujeo. Antes de que pudiera enterarse fue abruptamente detenida por el cuerpo de otra que caía. El sonido fue espantoso y las dos quedaron inmóviles. Sin vida comenzaron el descenso a las profundidades. Esto no detuvo a las demás que continuaron en su desvarío. Hubo más golpes mientras el agua se teñía de rojo y se escuchaban lamentos agónicos. Los disparos disminuían a la par que aumentaban los cuerpos que se hundían. Fue poco tiempo, pero duró la eternidad para quienes lo presenciamos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pude ver a una última criatura que, desolada, era testigo del fin de su especie. Me vio y quise mostrar compasión: aún te puedes salvar. Se dirigió hacia mí. Primero lento y depsués veloz. Aceleraba cada vez más. Al final nadó completamente fuera de sí. Alcancé a resguardarme en una grieta. El golpe fatal de su cuerpo contra la roca retumbó por todo el coral. No quise ver, pero la imaginé hundiéndose junto a las demás. Hubo silencio. El brillo de la luna volvió a resplandecer. El eclipse había terminado, pero ya no había nadie para bailar. Miré mi tenaza inexistente y sólo pude pensar en los cangrejos que sucumbieron la noche en que la perdí.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Juan Torregrosa</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>Patita</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/patita/"/>
      <updated>2025-11-11T15:21:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/patita/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;&lt;em&gt;“(I) Can&#39;t change the weather, might not be forever. But if it&#39;s forever, it&#39;s even better.”&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;em&gt;Billie Eilish&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“Hay un pequeño pato dando vueltas en este lago y no se va a ir, nunca se va a ir” pensaba uno de los patos mayores harto de un chiquitín que desde que salió del cascarón parecía tener energía inagotable. Aparte del viejo y unos veteranos más, pocos compartían esta sensación; en realidad, el vigor del patito no molestaba a los demás. Por el contrario, tras la llegada del crío, y algunos polluelos más, el ánimo en el lago vivía un renacer. Como es bien sabido, entre más patos haya para volar, mayores serán las posibilidades de sobrevivir la migración.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El carisma del patito parecía crecer dos veces más rápido que su cuerpo. Antes de haber completado su plumaje, ya era una estrella en el lago. En sus ágiles saltos se presentía un importante planeador, pues aun siendo breves, los mantenía en un decoroso vuelo. Antes de aterrizar, sonriendo, tocaba el agua y en su inocente graznar develaba su corta edad. Mientras se sacudía, sabía que lo observaban y entonces inflaba su pecho pensando en el día en que lideraría la famosa formación en V hacia tierras del sur.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero no fueron muchos los días en que el patito soñó con ser el líder de los cielos, pues el pobre sufrió una temprana lesión en una de sus alas que le impidió volar muy alto -allí arriba la corriente del viento se hace más fuerte, y sus músculos atrofiados no la resistían-. Incluso se llegó a poner en duda su participación en el viaje. Una noticia terrible porque la bandada solía dejar a su merced a aquellos que no iban a su ritmo y, como es bien sabido, un pato no está hecho para volar solo. Igual, su temprano estrellato lo había blindado con una fuerte personalidad y procuró mantenerse optimista durante los años. Se supo valer de su don de pato y logró que los demás se olvidaran de su discapacidad. Pero no se pudo engañar en las noches, pues las pesadillas del día en que lo dejarían atrás eran cada vez más frecuentes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De manera paulatina el patito decidió aislarse. Asumió una especie de resignación. Sabía que era una figura llamativa dentro de su comunidad y de pronto le empezó a fastidiar que lo buscaran. Se lo achacaba a la edad, mucho se decía de la adolescencia de los patos, pero, en sus soledades, sabía que se trataba de algo más. Se alejó de sus hermanos y primos bajo el pretexto de tener tiempos más largos de reflexión y entendimiento. La verdad es que se alejaba de juegos que cada vez más tenían que ver con el vuelo. Así pues, su fama se transformó en la de un pato sensible e introvertido. Por fortuna para él, nadie relacionó su cambio con la lesión.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se encontró, entonces, en la libertad de cultivar nuevos intereses. Entre ellos estaba el aprecio innato por la naturaleza: por un tiempo se dedicó a observar las plantas del lago y aprendió a cuidarlas, extendía sus vidas y lograba hacerlas florecer en formas que no se habían visto antes. También hizo suya una recóndita esquina del lago que pocos conocían, pues solo aparecía luego de cruzar una exagerada maleza. El estar aislado había hecho de este lugar uno fértil y rico en flora. En él se encontró más de una vez observando los cetrinos atardeceres, admirando en silencio y en quietud el cambiante cielo. Contemplaba los diáfanos colores como si se tratara de hogueras, fuegos dignos de admirar, pero imposibles de poseer. Esas ideas le daban confort y lo alejaban por un rato de las pesadillas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sus escapadas crepusculares trajeron un inesperado encuentro. Llevaba unos días esperando que creciera una flor de loto, la había visto en una de sus primeras visitas a su esquina, pero esta se escondió y parecía no querer mostrarse. En paralelo crecía un jardín de lirios blancos, flores que por su similitud al loto lo emocionaban, pero también lo frustraban. Igual, se entretenía pues estudiaba cada uno de los capullos, asegurándose de que no se tratara de su anhelada flor. Tanta era su dedicación a la labor que por unos días no se percató de una distante melodía que le hacía compañía. Cuando iba a dormir y las pesadillas parecían asomarse, su inconsciente recreaba la melodía y lo devolvía a los atardeceres. En las mañanas se despertaba descansado y los sueños de ocasos y armonías se esfumaban.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Notó la música el día en que esta se ausentó. Supo que algo no iba bien mientras cumplía sus labores. Pero un murmullo involuntario le recordó la canción. Ya no pudo pensar en otra cosa. Entonces cambió su obsesión del loto por la de encontrar el origen de la lejana melodía. No pasaron dos días cuando la escuchó de nuevo. En esta ocasión abandonó la labor y se dejó guiar. Nadó hipnotizado descifrando su naturaleza: era un graznar, diferente, pero definitivamente de un pato. Era suave y delicado y también persistente y acertado. Tenía que ser de su bandada. Era alguien a quien le venía el canto de forma natural pero que también le había dedicado esfuerzo. No recordaba a nadie así, pero lo sentía familiar. Entonces la vio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se trataba de una patita que siempre estuvo allí. Hacía parte de su generación y desde pequeña participó de la admiración colectiva que se compartía hacia él. Era tímida y más allá de unos grandes ojos que parecían observar por primera vez todo, no sobresalía. Sentía que había nacido en el lugar equivocado, carecía del histrionismo de sus coetáneos y aunque en sus soledades volaba y cantaba, nunca se atrevía a hacerlo en público. Prefería observar a los otros patos y castigarse en silencio por no tener la valentía para elevar su voz y su vuelo. Le angustiaba el día en que tuviera que volar con la bandada, pensaba que quedaría en evidencia si no podía seguir la cadencia de la formación en V. La harían de lado y habría de volar sola. Y, como es sabido, una pata no está hecha para volar sola. Entonces, se decantó por una vida discreta y lejana. Si alguien la hubiera percibido la habría descrito como una pata sensible e introvertida, pero, ella no pensaba en estas categorías. Ella solo buscaba un lugar en donde pudiera cantar y, algún día, volar, sin que nadie la juzgara. Y lo había encontrado. Se trataba de una esquina del lago que se escondía detrás de una exagerada maleza. Curiosamente allá crecían flores como no las había visto antes y se lo atribuía a la pureza del lugar. Encontró paz en esta soledad y pudo liberar su voz, tranquila de que nadie la escuchara, o así lo pensaba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Entonces, el patito la reconoció y se vio extrañado de que la pequeña pata de ojos brincones —lo único que recordaba de ella— hubiera llegado hasta su esquina. Tardó un poco en entender que era ella la que cantaba, las dos ideas eran tan distantes que lo asumió como una simple casualidad. Pero cuando comprendió, el lugar se hizo más bello que nunca. La patita dejó de ser un incidente y se plantó en el centro de su paisaje para siempre. Inundado de emociones que nunca había sentido, el patito decidió reconocer su performance salpicando el agua que tenía a su alrededor, sin percatarse de que había arruinado la solemnidad del momento. La quietud del lugar se vio alterada, las plantas se zarandearon y el reflejo del sol generó destellos que intimidaron a la patita. Esta se asustó y cuando abrió los ojos y vio al patito, se sintió agobiada. Escapó tan pronto como pudo, volando de manera torpe, enredándose entre la maleza y sumando al alboroto. El patito no entendió nada y solo cuando las aguas se calmaron se enteró de que la flor de loto había crecido donde estaba ella.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La buscó desde entonces. Pero la patita se escabulló. Ya no volvió a la esquina y cada vez que se veían en otras partes del lago, ella se alejaba. Él no entendía qué había hecho mal, pero sabía que algo había cambiado: ya no encontró serenidad en su esquina, dejó de importarle si las plantas crecían o no y el naranja del cielo se transformó en un cobre ardiente que amenazaba con quemarlo si se atrevía a surcarlo. Las pesadillas volvieron y ya no pudo escapar a ellas. La patita por su parte terminó de lapidar su canto, se sintió vulnerada y, aunque no guardó rencor particularmente por el patito, encontró en su reacción la burla y el rechazo de su comunidad, nunca el reconocimiento y admiración que él quiso ofrecer. Se ocultó muy a pesar de sus llamativos ojos, que nunca aprendió a disimular.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Finalmente llegó el tiempo de migrar y uno a uno, los patos fueron elevando su vuelo. En cuestión de medio día todos partieron y todo cambió. El lago se hizo irreconocible, ahora era amplio y silencioso y auguraba un invierno inclemente. El patito se dio una última oportunidad. En la noche previa había soñado que su lesión solo era parte de una pesadilla. Se despertó delirando y decidió partir con los demás, convencido de que aún tenía ese vuelo espectacular por el que se destacó en su niñez. Los demás patos lo reconocieron y lo animaron; ninguno recordaba su accidente y para ellos era apenas natural su participación. Se perfiló entonces como el líder de una de las Vs y emprendió el vuelo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El viento golpeó su cara y en sus compañeros vio los rostros de admiración de otros tiempos. Se sintió aliviado e infló su pecho una vez más. Pero antes de que terminara de inhalar el aire, su ala dejó de responder. No tuvo tiempo para entender lo que sucedía cuando se encontró cayendo en una vertiginosa espiral hacia el lago. Intentó voltear la vista atrás, pero en ello chocó con el agua. Aleteó por salir a flote y luego de intensos segundos pudo sacar el pico y respirar. Miró rápido al cielo y vio en la distancia cómo se alejaba su vida. Sus pesadillas se habían hecho realidad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El fuerte viento hizo que el corto tiempo de vuelo se tradujera en una larga distancia. Además, las vueltas de su caída y el golpe lo dejaron completamente desubicado. Se encontró solo en un lugar que no conocía y no pudo más que llorar. Cuando llegó el atardecer, los anhelados colores le indicaron la dirección por la que debía volver a su hogar. Pasó la noche entera nadando a contracorriente. Una vez allí, cansado y con frío, quiso refugiarse en su esquina, pero su energía se agotó a pocos metros de la maleza. Cerró los ojos y se dejó arrastrar a donde fuera que lo llevara el agua.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La mañana anterior, la patita había observado cómo su familia entusiasmada se preparaba para la partida. Un presuroso reflejo la llevó a escapar sigilosa. La esquina donde solía cantar la atrajo. Una vez allí comprendió que era el único lugar en donde se sabría sola —o casi sola— y que había ido porque no sabía qué más hacer. Reconoció que siempre lo supo, que ella nunca iba a volar con los demás patos. Así pues, se dedicó a observar en completo silencio a toda su comunidad partir. Cuando vio el último punto negro desvanecerse en el horizonte, volvió la vista al lugar en el que se encontraba. Lo vio abandonado, no era como lo recordaba: las pocas flores que sobrevivían yacían derrotadas en la orilla, la maleza había crecido y se devoraba la mayoría del espacio y las vistas se entorpecían con hojas secas que aún no se desprendían de sus troncos. Se dedicó a embellecer el lugar. No quiso darse tiempo para pensar y dedicó tarde y noche a su tarea.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En la mañana observó el resultado y se sintió orgullosa. Respiró y pensó que había encontrado una paz que hacía tiempo no sentía. Su meditación la interrumpió un pequeño golpe al otro lado de la maleza. Se alarmó y miró con sigilo. Era el patito. Asustada, se refugió, pero luego de unos segundos de no sentir movimiento, lo observó otra vez. Este yacía quieto. Se acercó lentamente y por un segundo quedó fría pensando que se encontraba sin vida. Para su tranquilidad pronto comprobó que solo dormía. Lo vio cansado y triste. No pudo sino sentir compasión, y aunque dudó unos segundos, decidió arrastrarlo hacia su esquina. Lo acomodó, y una vez vio que se estaría quieto, decidió también dormir.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los primeros días fueron difíciles. Para sorpresa de los dos, lo que más extrañaron fue la compañía de los otros. Si bien ambos quisieron escapar de los demás en su momento, el hecho de tener algo de qué huir les daba un propósito. Ahora era el estado natural; la falta de alternativa les causaba angustia. El patito encontró un pequeño alivio cuando supo que la patita lo acompañaba en su abandono, pero la idea de que nunca iba a despertar de su pesadilla le carcomía tanto, que ni su belleza le era suficiente. No ayudaba tampoco que ella hubiera clausurado su canto, se había hecho muda y no parecía querer cambiar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por su parte, la patita se acostumbró a su presencia y llegó a sentir preocupación por él. No entendía cómo ese pato que había nacido con estrella había terminado en tal precariedad. No sabía ni de su ala ni de su estrepitosa caída. Aprendieron a hacerse compañía. La patita lo animaba arreglando el jardín de flores y el patito la acompañaba en silencio cuando en las tardes observaban el cielo del atardecer. Tardaron en notarlo, pero la temperatura los obligaba a acercarse. Un día se encontraron refugiados el uno en el otro por el temor que supuso una muerte a causa del frío. Concluyeron que estaban destinados a estar juntos. Se amaron.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El clima se hacía hostil, las flores no sobrevivían por más de dos horas, el atardecer era temprano y corto y la noche larga y gélida. Apenas alcanzaban sus abrazos para soportarla. Hacía unas semanas se hubieran dejado morir, pero, al verse y reconocerse en el otro sabían que habrían de hacer algo para sobrevivir. Ninguno de los dos sería capaz de presenciar la muerte del otro, así fuera por unos instantes. Algún día en las pocas horas de sol, el patito decidió enseñarle su manera de volar. A pesar de la vergüenza, a estas alturas a ella le confiaba todo. Ella estuvo tentada a anudar cabos para comprender el devenir del patito, pero supo que era más importante entender qué hacer con esa información. No tuvo una respuesta, pero consoló al patito antes de volver al refugio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Fue la noche más fría y el patito pensó que no lo lograrían. Ella se sentía un poco más vital que él y al ver que su compañero se rendía, recordó el brote de energía que su canto le produjo alguna vez. Ahora ella tuvo que superar sus temores y se animó a cantar la antigua melodía. La nostalgia hizo llorar al patito que sintió la tibieza de las lágrimas devolviéndole algo de calor. Se acurrucó con más ahínco. Notó sorprendido cómo las alas de la patita lo refugiaban con fuerza. Ella cantaba cada vez más alto y parecía engrandecerse. Él sentía menos frío y encontraba en ella la protección de la que fue desahuciado el fatídico día en que se rompió el ala. Tuvo sueños maravillosos y despertó resuelto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Antes de que ella despertara, organizó la pequeña esquina. Sabía que sería la última vez que la verían y encontraba digno despedirse del refugio que los había unido, que los había salvado y que ahora los despediría. Organizó los lirios y los lotos, le dio su espacio a la maleza, puerta de su hogar, y con el poco follaje que quedaba, organizó un marco para mirar un último atardecer. Ella supo lo que pasaba y lo observó en silencio. Llegada la tarde, se juntaron a ver el cielo. Esta vez lo estudiaban juntos, ambos sabían que para esa hora al siguiente día, estarían allá. Le rindieron tributo al crepúsculo con un largo y maduro silencio y se dejaron arrullar por el cansancio. Compartieron un sueño en el que transitaron el camino que los llevó hasta donde estaban, se sintieron uno en el otro. Se reconciliaron consigo mismos y aceptaron que en sus vidas nunca existió otro rumbo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A la mañana siguiente la nieve había congelado el agua, las flores no alcanzaron a perder sus pétalos y quedaron pausadas en el tiempo. La maleza se desanimó por primera vez y agachó su extenso ramaje permitiendo que los helados vientos se apoderaran del lugar, aniquilando así toda posibilidad de vida avícola. El sol hizo su corto recorrido y en los breves segundos en que ofreció su naranja ocaso, se vio a lo lejos una pata majestuosa que extendía sus alas prolíferas y surcaba el cielo como nadie lo había hecho antes. Se alcanzó a escuchar una melodía, una que la pata cantó con su voz infinita y que desde entonces fue suficiente para guiar a cualquier pato que la supiera escuchar.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Juan Torregrosa</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>El culto Elon</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/el-culto-elon/"/>
      <updated>2025-03-24T10:28:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/el-culto-elon/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;Siempre me ha parecido fastidiosa la adulación, quizás porque estudié en colegio católico. No solo en cuanto a figuras religiosas, en realidad nunca se me dieron del todo bien situaciones en las que tuviera que rendir tributo a la autoridad. Fueran profesores, directivos o &lt;em&gt;bullies&lt;/em&gt; más de una vez me vi en aprietos disciplinarios por querer establecer, con palabras ya que mi tamaño no me lo permitía, que pensaba llevar dicha relación en términos de igual a igual. El problema es que muchas, en el fondo, no lo eran, lo que me causó (a mí y en especial a mis padres) más penas que alegrías en aquella época escolar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por cosas del destino, afortunadamente terminé trabajando en una industria que adoptó esa cultura de irreverencia como parte de sus valores fundamentales: los emprendimientos de tecnología. Así lo cuentan las historias del génesis de la escena en California y Silicon Valley. Desde los rebeldes investigadores Dennis Ritchie y Ken Thompson que, en lo profundo de Bell Labs, crearon la base de los sistemas operativos modernos, no porque les dijeran que debían hacerlo, sino por frustración con el proyecto en el que participaban. Pasando por los icónicos Steve Jobs y Steve Wozniak, quienes entre bromas pesadas, ingeniería y audacidad para los negocios, terminarían fundando Apple bajo el slogan &lt;em&gt;think different&lt;/em&gt;. Hasta los tiempos de Mark Zuckerberg y Facebook, con la idea de &lt;em&gt;move fast and break things&lt;/em&gt;. Son numerosos los ejemplos de éxito de emprendedores que lograron cosas increíbles por no conformarse con el &lt;em&gt;status quo&lt;/em&gt;, remangarse y hacer las cosas de una forma diferente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En el fondo de eso se trata la tecnología y el desarrollo: de usar nuevas herramientas para resolver problemas existentes de una forma que nadie se había imaginado antes. De vez en cuándo, uno de esos problemas es suficientemente grande o afecta a suficientes personas para que se produzca un cambio en la sociedad, una especie de efecto colateral. O cómo nos gusta llamarlo hoy en día, disrupción. Una de las palabras que generalmente acompañan a Elon Musk.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Dado mi recuento anterior sobre grandes personajes de la tecnología y mi admiración por muchas de ellas, entendería si pensaran, hasta ahora, que me agrada la idea de que una de las personas más prominentes de Silicon Valley de la década tome protagonismo en la política de Estados Unidos, bajo el gabinete de Trump, y expanda sus ideas disruptivas al gobierno norteamericano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero no, francamente me resulta insoportable verlo ahí.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No quiero entrar a enumerar los méritos y desaciertos de Musk en su largo historial como emprendedor. Existe una extensa bibliografía al respecto. Tampoco quisiera juzgarlo sobre su carácter y personalidad, pues en lo poco que hemos visto, es lo opuesto a carismático. Pero incluso si tuviera una gran habilidad política, su protagonismo en este nuevo gobierno no me dejaría de incomodar. Se siente falsa y fuera de lugar. Es como si hubiera un obispo con sotana y anillos a la derecha del presidente, susurrándole al oído cada tanto, solo que en este caso Musk no es un emisario de la iglesia sino del capitalismo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero esos mismos valores que son motores de la innovación y el desarrollo no necesariamente se alinean con el ejercicio de un estado. El concepto de disrupción, por ejemplo, choca directamente con un aparato burocrático que es lento por diseño. Tesla y SpaceX lograron transformar las industrias aeroespacial y la automotriz. Me atrevo a decir que, como mínimo, Tesla llevó la percepción de que los carros eléctricos podían ser una realidad hoy. La historia de SpaceX aún está por escribirse, pero es innegable que ver un cohete dar una vuelta por el espacio y &lt;a href=&quot;https://www.youtube.com/watch?v=RYUr-5PYA7s&quot;&gt;aterrizar en una base&lt;/a&gt; para que despegue nuevamente es algo que solo habíamos visto en libros de ciencia ficción. Pero el costo en capital humano y económico fueron gigantes y dejaron a su paso una traza de demandas de abuso laboral y malas prácticas de empleo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Que estemos viendo cómo alguien en tiempo real, apalancado de billones de dólares, se compra un puesto preferencial en el gobierno paladín de la democracia es descorazonante. Pretender que alguien puede desmantelar las reglas de juego actuales bajo la bandera de la eficiencia sin causar un daño colateral masivo es ridículo. Lo que emputa, es que no lo hacen por ignorancia, al contrario, los que están detrás de esta iniciativa de DOGE tienen muy claro que va a haber consecuencias, solo que no las van a vivir ellos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Parte del engaño que nos traen este par de personajes es una idea que se ha puesto de moda desde el primer mandato de Trump, y es que un país se puede (y debe) manejar como una empresa. Por lo tanto, el que es buen empresario será buen gobernante. El problema con esa premisa es que un país es un estado y un estado funciona para su gente, no para una junta de accionistas. ¿De qué nos sirve un gran empresario en esas instancias? Apenas pasaron cinco minutos del anuncio de las elecciones para que Elon quedara inmortalizado haciendo un saludo nazi. Intencional o no, es difícil pensar en una habilidad política más pobre que la que ha desplegado desde ese entonces.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No obstante siempre hay una explicación enmascarada en buenas intenciones, como el mencionado saludo, o en algún plan maestro que los demás plebeyos no logramos entender. Porque con par frases preparadas acerca de los sistemas del seguro social gringo, ya Elon comenta en su red &lt;em&gt;X&lt;/em&gt; como un experto en sistemas transaccionales. Me puedo creer que tiene una capacidad de aprendizaje excepcional. Que sabe de cohetes. Que sabe de carros y motores eléctricos. Hasta que de pronto sabe de redes sociales, tras dos años de la adquisición de &lt;em&gt;twitter&lt;/em&gt;. Pero no me crean tan marica de aceptar que dos semanas de haber arrancado el gobierno, el tipo ya encontró la forma de arreglar el fraude del Seguro Social gringo con la propuesta de que los números deberían ser únicos. Genio, a nadie se le había ocurrido hasta ese momento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es demasiado ego en una sola persona, con demasiado poder. Porque es un billonario y no funciona bajo las mismas reglas del resto de la sociedad, no tienen consecuencias por sus actos porque lo pueden arreglar con dinero. El problema, es que también lo es Trump. Y ya hemos empezado a ver las grietas de esta linda amistad que los llevó al poder. El impacto en las acciones de Tesla. Más allá del show mediático, el sinsabor es que de una pelea de este par de mega bullies multimillonarios el daño colateral lo va a pagar el resto del mundo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Así es como llego a la pregunta inicial que me inspiró a escribir este artículo. ¿Cómo es posible que, de todas las figuras públicas, haya gente que defienda a Musk a capa y espada? ¿Qué clase de secta está durmiendo con una copia del libro de Walter Isaacson bajo el brazo exaltándose con la brillantez de su protagonista en cada página?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para mi desilusión, muchas de aquellas figuras que seguía en el difunto &lt;em&gt;twitter&lt;/em&gt;. Mis admirados líderes del mundo de la tecnología, creadores de lenguajes y herramientas que me permiten trabajar en mi día a día. Duele ver cada tanto a una nueva figura quitarse la máscara de la equidad y entregarse a este nuevo liberalismo de derecha. Porque la &lt;em&gt;igualdad ya fue demasiado lejos&lt;/em&gt; y ahora hay que sobre compensar con... ¿opresión?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para terminar, se habla de campañas de desprestigio en contra de Elon. Un ataque organizado para frenarlo, por parte del establecimiento, porque este señor está atacando la corrupción y los corruptos van a tratar de impedirlo. La verdad, puede que sí. Hoy en día hay campañas a favor y en contra de cualquier cosa. Pero no me va a dar lástima que &lt;em&gt;desprestigien&lt;/em&gt; a alguien que tiene su propia red social y que indiscriminadamente le da más visibilidad a lo que el mismo dice. Es otro nivel de cámara de eco.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por eso me fastidian los seguidores de Elon. Por eso, pienso que debemos someterlo al escrutinio más grande que sea posible. Él se instauró como figura política. Él compró una red social para promover su candidato. Él se piensa proclamó a sí mismo como mesías de los EE.UU.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;¿Al servicio de quién está Elon Musk?&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Felipe Moyano</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>Ni tan mal los Oscar</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/ni-tan-mal-los-oscar/"/>
      <updated>2025-03-14T13:43:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/ni-tan-mal-los-oscar/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;No deja de ser irónico que Basel Adra, codirector de &lt;em&gt;No Other Land&lt;/em&gt;, recibiera una ovación de un público mayoritariamente judío cuando ganó el premio a Mejor Documental en los Premios Oscar. Su obra es, después de todo, una denuncia del desplazamiento forzoso con el que el Estado de Israel se apropia de tierras palestinas en Cisjordania. Aun así, Adra tomó el micrófono y, con vehemencia, dedicó sus breves segundos a enunciar su causa:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“&lt;em&gt;No Other Land refleja la dura realidad que hemos estado soportando durante décadas y que aún persiste, mientras hacemos un llamado al mundo para que tome medidas serias para detener la injusticia y el genocidio étnico del pueblo palestino&lt;/em&gt;”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Este año la flamante gala de Hollywood tuvo intervenciones llamativas como esta, momentos que sorprenden pues, entre otras, revelan la sagacidad de sus organizadores para no comprometerse demasiado frente al complejo momento que atraviesa Estados Unidos. Como muchos, he venido tomando distancia de la idiosincrasia gringa y a decir verdad, asumí esta edición con animosidad: me temía que el delirio de la política norteamericana permeara la celebración. Me fue fácil reafirmar mi temor con la nominación de &lt;em&gt;Emilia Pérez&lt;/em&gt;, película en la que encontré un descarado y desatinado oportunismo. Sea dicho que no fue un desacierto exclusivo de los Oscar, pues se la vio de tour por tantas premiaciones más: Cannes, BAFTA, SAGA, etc. Sin embargo, resultó ser un caso aislado y diré que en los llamados Premios de la Academia hubo un dejo de tolerancia y reflexión, algo de luz, si se quiere.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sobre &lt;em&gt;Emilia Pérez&lt;/em&gt; me podría explayar en crítica, ya sea por su posición colonialista frente a violencias marginales o por el superficial trato que solo un escritor cisgénero puede ofrecer de la transición de género. Por fortuna voces apropiadas ya lo remarcaron: &lt;a href=&quot;https://www.gatopardo.com/articulos/emilia-perez-de-jacques-audiard-caricaturiza-la-violencia&quot;&gt;“Emilia Pérez o de cómo el imaginario colonialista caricatura la violencia”&lt;/a&gt; de Alonso Díaz de la Vega –el título se explica por sí mismo– y &lt;a href=&quot;https://glaad.org/emilia-perez-is-not-good-trans-representation/&quot;&gt;“Emilia Pérez” is Not Good Trans Representation”&lt;/a&gt;, nota editorial de GLAAD (Gay and Lesbian Alliance Against Defamation) son dos de los mejores textos que he encontrado al respecto. Tan solo resaltaría la preocupación que ha de generar la distancia que los jurados de premiaciones como los Oscar pueden llegar a tener frente a las realidades que pretenden representar las películas que califican. Incluir a &lt;em&gt;Emilia Pérez&lt;/em&gt;, cuando menos, demerita el criterio de quienes hayan hecho la selección. Ahora bien, en aras de la argumentación, diré que es un error sistemático y lo pasaré por alto pues las demás producciones no merecen ser eclipsadas por el desdichado lunar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Superado esto, adentrémonos en otros momentos que por el contrario, lograron dar vuelta a una ceremonia que llegaba con un estigma difícil de superar. Comenzaré por una película que ha sabido calentar mi corazón migrante tanto por la bella representación de Latinoamérica, como por la cercanía que encuentro en la resiliencia que narra: &lt;em&gt;Ainda Estou Aqui&lt;/em&gt;. No es menor que un &lt;em&gt;film&lt;/em&gt; que revisita de manera enfática las heridas profundas que dejó la dictadura en el Brasil de los setentas, apoyada y soportada en su momento por los Estados Unidos, hoy sea premiada dentro del rubro de Mejor Película Internacional. No sobra mencionar la renovada distancia que hoy se aviva entre las políticas de Trump y las de Lula, lo que hace aún más osado que la Academia haya otorgado el premio al ahora icónico &lt;em&gt;film&lt;/em&gt; de Walter Salles. Y, cómo no mencionar a la genia Fernanda Torres, protagonista de la película, con su esplendor y cautivadora inteligencia cortejando a Hollywood. Enhorabuena por un país que desde las calles celebra su primer Oscar en esta categoría.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tiempo de &lt;em&gt;Anora&lt;/em&gt; y, cómo no, de Sean Baker. El director y escritor del largo tiene una carrera que suma más de veinte años en los que ha sabido poner el foco en comunidades marginales, en ocasiones representadas en individuos puntuales, como lo fuera el repartidor de &lt;em&gt;Take Out&lt;/em&gt;, un inmigrante ilegal de China que arriesga su vida en una concurrida New York, o a veces en un grupo de personas, como los niños desamparados de &lt;em&gt;The Florida Project&lt;/em&gt;, quienes, a pesar de estar a pocos kilómetros de Disney, viven una realidad completamente distinta. Pues bien, ahora con &lt;em&gt;Anora&lt;/em&gt; el director estadounidense narra, en clave de tragicomedia, la difícil vida de las trabajadoras sexuales en un denso Brooklyn. En su discurso, Mikey Madison, justa ganadora del premio a Mejor Actriz, ilustra el compromiso de toda la producción frente al universo que retrata:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“&lt;em&gt;También quiero reconocer y honrar nuevamente a la comunidad de trabajadoras sexuales. Seguiré apoyando y siendo una aliada. Todas las personas increíbles, las mujeres que he tenido el privilegio de conocer de esa comunidad, han sido uno de los aspectos más destacados de toda esta increíble experiencia.&lt;/em&gt;”&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No olvidar que esta ceremonia se da en el marco de un estado norteamericano presidido por una persona con acusaciones de acoso sexual. No se esperaría benevolencia en sus políticas frente a quienes tienen oficios de carácter sexual, como lo pueden ser las &lt;em&gt;strippers&lt;/em&gt; o la prostitución. Muy bien Baker, muy bien Madison y muy bien &lt;em&gt;Anora&lt;/em&gt;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Habría que resaltar también el galardón que se llevó el largometraje de animación &lt;em&gt;Flow&lt;/em&gt; por Mejor Película Animada. La coproducción letona-belga-francesa se desmarca de sus competidores en aspectos puntuales como lo son su rótulo de producción independiente o su original postura en la caracterización no humanizada de personajes –en &lt;em&gt;Flow&lt;/em&gt; los animales actúan como animales–. Pero, sobre todo, se hace única con la alarma que enciende frente al cambio climático. En el universo de &lt;em&gt;Flow&lt;/em&gt; algo ha pasado, no llegamos a enterarnos qué, pero la especie humana se ha extinguido. Todo parece indicar que se debe a exabruptos cambios en la atmósfera terrestre, deducible de las constantes e impredecibles inundaciones en las que se ven envueltos los personajes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y bueno, una vez más, frente a un gobierno de políticas bastante cuestionables, como el negacionismo, los premios Oscar ponen el reflector en una película que de manera poética nos recuerda que “estamos en el mismo barco” y que “debemos trabajar por esto todos juntos”, como lo mencionó su director al recibir la estatuilla. Aplausos de pie.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No creo que los Premios Oscar o ceremonias en donde se premie y conmemore el arte sea espacio suficiente o micrófono adecuado para debatir políticas globales –tampoco encuentro inadmisible que se haga–. Pero, sería testarudo negar el impacto que espectáculos como este generan en la opinión local –aún sigue teniendo un rating cercano a los 20 millones de televidentes norteamericanos– y en la opinión global –hay que ver a los brasileros celebrando su galardón–. Por ello aplaudo la responsabilidad con que se lo han tomado. Si bien, hoy más que nunca sabemos que los gringos están lejos de ser los salvadores del mundo, aprecio que en los ecos que aun tienen, guarden voces responsables que aboguen y crean que esto todavía se puede salvar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Después de que Basel Adra terminara su denuncia, Yuval Abraham, codirector de &lt;em&gt;No Other Land&lt;/em&gt;, de origen israelita y religión judía, tomó el micrófono y recordó que la solución al conflicto viene del trabajo en conjunto, no sin olvidar que hay poderosos y marginados. Además, denunció las políticas extranjeras americanas rematando con que Palestinos e Israelitas están entrelazados y lo que afecte a uno siempre afectará al otro, buscando así una solución política antes que armada. Poderosísimo. Un aplauso por esas estatuillas y esos segundos en los que los creadores encuentran un megáfono para sus causas.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Juan Torregrosa</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>Huérfanos del Sur</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/huerfanos-del-sur/"/>
      <updated>2025-03-13T12:22:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/huerfanos-del-sur/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;Por estos días se comenta mucho sobre lo alocado de las decisiones que está tomando el gobierno estadounidense. Sobre cómo este gobierno está desequilibrando las relaciones geopolíticas y desmantelando el multilateralismo, como lo conocíamos. Y sobre cómo esta conducta americana no tiene precedentes y parece salirse de todos los esquemas. Y aunque en estos artículos busco alejarme de la coyuntura, abstraerme del &amp;quot;momento presente&amp;quot; —por usar un término que gusta mucho a mi generación—, en este caso, la verdad es que resulta muy difícil no aludir de manera específica al extravagante despegue del segundo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Desde el ángulo del entretenimiento, es un deleite. Es una coreografía graciosa, como circense, con curiosos personajes que hacen piruetas simpáticas. Como cuando Elon, en su tierna y natural rareza, imitó de forma divertida el saludo de Adolfo. O como cuando Trump y su gavilla arrinconan a Volodymyr en el Despacho Oval, en lo que parece un matoneo de niños grandes a uno chiquito, en la primaria de un colegio. &amp;quot;No, yo hablo más fuerte, te callas&amp;quot;. Es como estar viendo Veep, pero esta vez no es una genialidad de Julia Louis-Dreyfus, sino el mandatario del ¡país número uno del mundo!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero cuando pensamos en otras cuestiones, como en la esperanza en la humanidad, en el valor de la solidaridad entre individuos y naciones, en el aprender de nuestros errores, en la famosa máxima del “construir sobre lo construido”, y tanto más, pues te causa menos gracia. Te produce más bien vértigo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Trump y su gobierno, en el poco tiempo que lleva, se ha asegurado de enviar un mensaje fuerte y claro al mundo: ha regresado el &lt;em&gt;bully&lt;/em&gt; de toda la vida. Panamá, ojo pues con ese canal. Zelensky, te van a matonear y tratar como a un pendejo. México, olvídate de tu golfo (y prepárate para los aranceles, y pilas con la frontera, y recíbeme a estos miles de deportados, y mira a ver por dónde te los metes, etcétera, etcétera). Para América Latina, por más grandilocuencias sobre el poder del latinoamericanismo antiyankee que el presidente de Colombia exprese en sus fanáticas diatribas de X, no podemos hacer mucho ante el paternalismo de toda la vida de Estados Unidos. Paternalismo que ahora se siente como el nuevo novio de nuestra madre, un padrastro nuevo y medio guapo, fuerte pero gordo, veterano de algunas guerras y con estrés post-traumático, que a veces nos da juete en la cara. Y no es victimismo. Es lo que es, hasta que deje de serlo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Después vino una decisión sin precedentes que le puso los pelos de punta a mi sector (sin ánimo de lucro): por determinación de Elon, congelarían todos los fondos de USAID, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. El anuncio fue confuso, no se sabía bien lo que sucedería, pero la ejecución fue rápida. Se paralizaron todos los contratos de USAID con socios locales en decenas de países, congelando salarios de miles de personas, insumos básicos de proyectos en plena ejecución, apoyos alimentarios, medicamentos vitales. Es un impacto que no se alcanza a dimensionar. Un impacto que me es imposible comprender del todo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esta fue una nueva decisión que se inscribió en la narrativa de MAGA: &lt;em&gt;Make America Great Again&lt;/em&gt; —que es una marca registrada a nombre del empresario Trump—. La instrucción de Trump a Marco Rubio, su Secretario de Estado, en mis palabras, fue “congela y recorta todo, preserva y adapta solo lo que favorezca los intereses de Estados Unidos”. Como si cualquier cosa que hiciera ya, o dinero que invirtiera, la Estados Unidos republicana o demócrata, no estuviera minuciosamente calculado para siempre, siempre, siempre favorecerles. De hecho, USAID también es (o era) un cálculo geopolítico. Como la misma &lt;a href=&quot;https://www.youtube.com/watch?v=OIHJub72vuM&quot;&gt;ex-directora de la agencia lo puso&lt;/a&gt;, antes que ser la más grande agencia de cooperación internacional del mundo, USAID era primero un recurso fundamental de la diplomacia y la política internacional norteamericana. O sea, no es asistir por asistir, es una ficha dentro del ajedrez de la geopolítica. Como quien dice, “te ayudo, pero después te la voy a cobrar”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La decisión de congelar USAID ha afectado mucho. Tengo años trabajando en cuestiones, llamemos de &amp;quot;desarrollo&amp;quot;, en mi país Colombia. Y buena parte, si no todo, el tejido de organizaciones sin fines de lucro allí, nacionales e internacionales, se ha visto sacudido. También gobiernos, nacionales y locales, e incluso ciertos sectores del empresariado, de países pobres. O países &amp;quot;en vía de desarrollo&amp;quot;, o del Tercer Mundo, o del Sur Global, porque ya nadie sabe cómo decirles, y cada forma de esas tiene más problemas que la anterior. Quizás exceptuando &lt;a href=&quot;https://www.instagram.com/misanharriman/reel/DGvTUAbIVy5/&quot;&gt;esta propuesta&lt;/a&gt; innovadora.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En todo caso, un impacto inconmensurable el del recorte de USAID.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y ha puesto a la gente a opinar mucho, reunirse, hacer foros y webinars, buscar salidas. Y aunque el panorama es complicado, y de hecho me afecta directamente, a mí me interesa el trasfondo del asunto. En el subtexto, de lo que estamos conversando es de cómo trascender la dependencia en la ayuda gringa para salir adelante, para vivir bien, por decirlo de modo sencillo. Y hablo por Colombia, el tercer país que más ayuda recibe de EE.UU. Pero la inquietud es aplicable a tantos más, o a casi todos. ¿En qué mundo es posible que la asistencia de una sola nación, que representa apenas el 1% de todo su gasto público, determine para tantas otras la posibilidad de tener mejores condiciones de vida?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Leí hace unos meses —antes de todo este despelote— &lt;a href=&quot;https://kevinlbrown.substack.com/p/global-south-remittances-vs-global&quot;&gt;un dato que me maravilló&lt;/a&gt;: por encima de todo el dinero que invierte la cooperación internacional de países ricos en el mundo (por supuesto incluyendo la estadounidense), se ubica el dinero que los propios connacionales de países del Tercer Sur Global En Vía de Desarrollo envían a sus familias. Las remesas enviadas por personas migrantes originarias de &#39;países pobres&#39; (me quedo con esta), que viven en &#39;países ricos&#39; (y con esta), todas sumadas, superan por más del doble al dinero de toda la cooperación internacional de esos mismos países ricos. En otras palabras, la principal cooperación del mundo, por equipararle, es la de los países pobres hacia sí mismos, a través de remesas. Un buen ejemplo es India, que se lleva el &lt;a href=&quot;https://www.thehindu.com/data/india-got-143-of-global-remittances-in-2024-its-highest-ever/article69039825.ece#:~:text=In%202024%2C%20India%20received%20an,the%20millennium%20for%20any%20country.&quot;&gt;primer lugar en el mundo&lt;/a&gt; en ingresos recibidos a través de remesas en 2024, originadas en las tres y cuatro generaciones de migrantes de ese país ubicados en imperios como el británico y el gringo, en Canadá y en Europa. Luego vienen China y México. Nicaragua, por ejemplo, no puntea en ingresos totales por remesas, por ser un país pequeño, pero sí es el país latinoamericano al que las remesas más le representan en su PIB (casi un tercio).&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con esto la idea no es sostener que no necesitamos de la cooperación gringa. El diseño del mundo al que hemos llegado por la historia, sencillamente, no permite prescindir tan fácilmente de ese jugador en el tablero. Pero el revolcón que ha significado la política circense de Trump, que incluye el recorte radical de billete hacia países pobres a manos de Elon, nos obliga a cuestionarnos. A mirar hacia adentro —antes de que volvamos a mirar hacia afuera, tal vez hacia el Oriente, tal vez hacia el Medio, más probablemente al Lejano—. Pero el poder de las remesas, que al menos para mí pasaba desapercibido, en medio de todo es un ejemplo de un fenómeno de supervivencia de los países &#39;no hegemónicos&#39; (esta también es buena, académica), que prescinde de la ayuda oficial de los poderosos, y que contrarresta el sentimiento hacia ellos de subordinación. Es un acto revolucionario, si se piensa dos veces: es el migrante indio o filipino que pone su tienda en Nueva York o en Londres, que cosecha en dólares y libras, y que redirige esas poderosas divisas a su terruño. O la mujer cubana y colombiana y venezolana a la que se le ve sacando a pasear a la señora mayor en el Parque del Retiro en Madrid, y que cobra a la familia de esta última una platica que de otro modo no hubiera terminado alimentando muchachitos en el Caribe. Es otro tipo de conquista.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;No será suficiente, en todo caso, y la dinámica de poderes en que degenera la civilización compuesta de naciones seguirá su curso. Es entonces, en no mucho tiempo, cuando los poderes se reorganizarán para ocupar los vacíos del repliegue americano. Cuando quizá, como sospecha todo el mundo, los chinos aprovecharán la coyuntura y se terminarán de filtrar, a través de las grietas de concreto, los agujeros de las alcantarillas y los oídos de los parlamentarios, para tomar las riendas. O tal vez es todo un movimiento calculado, como &lt;a href=&quot;https://www.youtube.com/watch?v=HloF5z9OxUk&amp;amp;t=555s&quot;&gt;sugiere Jesús A. Núñez&lt;/a&gt;, en el que los grandes poderes estadounidense, ruso y chino —ya no el europeo— se pondrán de acuerdo para repartir sus zonas de influencia, ahora no con una mirada de cooperación y multilateralismo, sino con una de dominación y clásico imperialismo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Está todo por verse.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Jorge Jaramillo</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>El libre desarrollo de la anonimidad</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/el-libre-desarrollo-de-la-anonimidad/"/>
      <updated>2025-02-16T21:46:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/el-libre-desarrollo-de-la-anonimidad/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;Yo soy, en el fondo, un geek. Crecí con un teclado bajo el brazo. En mi casa hubo un computador desde que tengo memoria. Desde esas tempranas épocas recuerdo las olas del cambio, algo que hoy en día damos por sentado, pues qué diferencia hay entre el iPhone 12 al 13 al 24. En ese entonces, actualizar el computador significaba, verderamente, nuevas posibilidades, como instalar &lt;em&gt;Príncipe de Persia 2&lt;/em&gt;, ahora a color y con una cantidad de mundos que requerían de 4 disquetes en lugar de uno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En otra ocasión pasamos del clásico sistema DOS a Windows 3.1. Atrás quedaron los días de buscar directorios ciegamente tecleando &lt;em&gt;cd&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;dir&lt;/em&gt; hasta encontrar el codiciado fichero &lt;em&gt;sokoban.exe&lt;/em&gt; y entraríamos en la época del mouse, reemplazando dichos comandos con el intuitivo gesto de hacer doble clic en figuritas para navegar y lanzar programas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un día llegó un curioso aparatico, un apéndice electrónico que en vez de ir dentro de la torre se conectaba a la línea de teléfono: el módem. Su llegada al hogar redefiniría dinámicas familiares, pues ya no tendría mi mamá el monopolio de la línea, sino que tendría que compartirla con dos adolescentes que exigían mantener el teléfono colgado, a riesgo que se cayera la conexión y consigo se perdieran importantísimos bytes de una canción &lt;em&gt;mp3&lt;/em&gt; o un emulador de juegos de &lt;em&gt;Gameboy&lt;/em&gt;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Con la llegada del internet empezaron mis tempranas excursiones en el mundo de la piratería, principalmente impulsadas por mi afinidad hacia los videojuegos y donde obtendría el primer vistazo del mundo de las comunidades en línea. Había mucho qué hacer y qué aprender para lograr instalar los últimos juegos del mercado: probar emuladores, descargar archivos con nombres tenebrosos, buscar los dichosos &lt;em&gt;cracks&lt;/em&gt; , meterse al registro Windows y cruzar los dedos para que en toda esta expedición no infectara el computador de la casa con algún terrible virus informático. Y si sí, pues arreglarlo. Todas estas aventuras no hubieran sido posibles sin la ayuda de generosos avatares que publicaban guías relatando el paso a paso a seguir para jóvenes piratas. En momentos críticos, me atrevía a pedir ayuda en espacios conocidos como &lt;em&gt;foros&lt;/em&gt; donde, sorprendentemente, me contestaban.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El único requisito para unirse a estos espacios de intercambio intelectual era llenar un formulario con dos simples campos, &lt;em&gt;nickname&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;password&lt;/em&gt;. Así fue que poco a poco encontré mis esquinas favoritas en ese barrio virtual que era la web de los años 2000. Daba vueltas por &lt;em&gt;Taringa&lt;/em&gt; cuya variedad en guías de &lt;em&gt;software&lt;/em&gt; abarcaba desde &lt;em&gt;Encarta&lt;/em&gt; hasta el último &lt;em&gt;Age of Empires&lt;/em&gt;. Visitaba juiciosamente GameFAQs para orientarme en juegos cada vez más complejos gracias a esas detalladas guías decoradas con arte ASCII. Pasaba tardes enteras en &lt;em&gt;Reddit&lt;/em&gt; o &lt;em&gt;Dig&lt;/em&gt; leyendo las últimas noticias, curando mi &lt;em&gt;home feed&lt;/em&gt; para contar cada día con nuevos enlaces de interés o descendiendo por el agujero negro de la sección de comentarios, que más de una vez terminaría llevándome por los callejones oscuros de 4chan. Además de una docena de foros en distintas páginas, pues juego que se respetara contaba con un lugar para su comunidad, donde unos pocos creaban contenido, algunos más participaban de la discusión y muchos otros consumían lo que compartían los anteriores.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pues, como bien sabemos, el valor de una comunidad viene de sus miembros. Si bien no todos tenían el conocimiento para crear contenido original, tampoco era necesario. Bastaba con estar presente, participar de las discusiones, dejar una respuesta a alguien buscando ayuda. En consecuencia, me terminé viendo involucrado en distintos roles, como moderador de &lt;em&gt;subreddit&lt;/em&gt;, curador de guías, reclutador y, notablemente, miembro de clan: grupos alrededor de un videojuego que se reunían para inventarse retos, competir, compartir estrategias, en fin.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La magia de las comunicaciones en tiempo real nos trajo las salas de chat. Gamespy, en particular, permitía jugar en modo multijugador sin necesidad de estar físicamente en el mismo lugar, con el mismo cable. Así es que, parchando tardes enteras en las salas de &lt;em&gt;Commandos&lt;/em&gt; terminaría conociendo los miembros del clan SASS, a quienes llegaría a llamar en esa virtualidad, mis amigos. No hacía falta preguntamos nombres, edades ni géneros. Simplemente no era importante, estábamos ahí para otra cosa. Aún así, recuerdo rasgos de los que frecuentaban la sala por aquellas épocas. &lt;em&gt;Delphi&lt;/em&gt; siempre fumaba antes de iniciar una partida, debía ser mayor y vivía en España. &lt;em&gt;Kenny&lt;/em&gt; salía a vacaciones al mismo tiempo que yo, seguramente estaba en el colegio y escribía mucho &lt;em&gt;ctm&lt;/em&gt;, era peruano. Arlo era más joven y debía pedir permiso a sus padres para jugar hasta tarde. Willy era más competitivo pero hablaba poco, sospechaba que era una chica. Como es normal en toda sociedad, no todo era alegría y amor. Había conflictos de vez en cuando, secretismo, personas enemistadas que no podían estar del mismo lado. Al final detrás de cada &lt;em&gt;nickname&lt;/em&gt; estaba lo que cada uno quería mostrar y lo quería ser en ese espacio.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La memoria es traicionera, tal vez recuerdo mis tiempos en &lt;em&gt;SASS&lt;/em&gt; como una época más larga de lo que fue. En todo caso, el juego fue muriendo lentamente, a pesar de los intentos esporádicos de &lt;em&gt;Kenny&lt;/em&gt; por revivirlo cada verano. A él y algunos otros los seguí viendo en otros juegos a medida que migramos. Arlo y yo, en particular, nos dedicamos los siguientes meses a un nuevo juego de batallas navales de 30 contra 30 jugadores que me introdujeron, tímidamente, a los clientes de voz. No mucho cambió con esta nueva capacidad. Mi lista de contactos seguía siendo una serie &lt;em&gt;nicknames&lt;/em&gt; junto a la lucecita de estatus.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se podrán imaginar, entonces, mi confusión por allá a eso del 2007 o 2008 con el despertar de lo que hoy vendrían a ser los primeros ejemplares de las redes sociales, empezando por MySpace. Un lugar que no podría describir de otra forma que un altar dedicado al &lt;em&gt;yo&lt;/em&gt;, cuya cualidad más destacada era la &lt;em&gt;personalización&lt;/em&gt; para decorar y exponer un rinconcito del internet como propio. Una prominente foto de perfil, un fondo colorido que hiciera alusión a tu personalidad, una cajita con tus artistas y canciones favoritas y por supuesto una descripción de ti mismo. Nunca me animé a crear una cuenta.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Poco después Facebook, mostrándose como una opción más sobria con su fondo blanco y textos azules, exigiendo una validación de nombre, colegio o universidad, lograría capturarme a mí y mis datos. Armado de esa información, terminaría por estandarizar el sancocho de perfiles en línea que dejó su antecesor, que si bien daban espacio al desarrollo de la personalidad, atacaban cruelmente la retina y el oído. Bajo el rótulo de Nombre Apellido, comencé a descubrir las capacidades de la plataforma: comparé número de amigos con mis pares, jugué tetris, creé grupos para compartir las primeras fotos de celular, participé en algún otro para quejarnos de los profesores del colegio que rápidamente fue descubierto, sancionado, y cerrado... en fin, aburrido.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La hegemonía de &lt;em&gt;facebook&lt;/em&gt; continuó y con ella aumentó mi consternación al ver el comportamiento de nuevos cíber ciudadanos que no tuvieron el cuidado de estudiar las normas no escritas del mundo virtual. Abundaba el mal uso de terminología, abreviaciones e imágenes que a mí me requirieron una investigación casi arqueológica por largos hilos de &lt;em&gt;4chan&lt;/em&gt; y &lt;em&gt;reddit&lt;/em&gt; a riesgo de pasar alguna vergüenza en uno de esos espacios por mi ignorancia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero el internet no respeta nada, es como el lenguaje. Es lo que es hoy en día, no lo que alguna vez fue. Rápidamente estas redes sociales empezaron a verse inundados de &lt;em&gt;memes&lt;/em&gt; fuera de contexto, una avalancha de imágenes pescando likes. &lt;em&gt;9GAG&lt;/em&gt; se encargó de introducir a esta nueva ola a la tipografía _Impact_ para subtitular al &lt;em&gt;Philosoraptor&lt;/em&gt; y al &lt;em&gt;Insanity Wolf&lt;/em&gt;. Y por supuesto que yo también me reí con aquellos memes, cómo no, si eran divertidísimos. Pero una temprana voz de nostalgia empezaba a gritar desesperadamente dentro de mí: &amp;quot;¡Paren! ¡Lo están haciendo mal, así no funciona el internet!&amp;quot;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;14 billones de likes después, llegamos a nuestra época moderna donde la avalancha de contenido en busca de &lt;em&gt;likes&lt;/em&gt; ya no consiste de imágenes sino de videos de menos de un minuto. &lt;em&gt;facebook&lt;/em&gt; es prácticamente un moridero de millones de perfiles carentes de la actividad y el contenido que alguna vez les dio vida. Migramos nuestras fotos, al menos mi generación milenial, a Instagram, el cual me ofende en menor medida. Por atrevido, porque su algoritmo insiste en conocerme mejor que yo mismo. Igual participo como se acostumbra en mi círculo social, exponiendo mis hobbies, mascotas y viajes. Sin embargo le hallo poco encanto. No hay exploración. No hay descubrimiento. Cómo, si cada vez que lo intento me distraigo con algo fácil. Me atrevo a decir, que nunca he aprendido nada en aquella red. Mentira, alguna vez hice una receta de pasta alfredo en 60 segundos. O quizas la vi en &lt;em&gt;Youtube&lt;/em&gt;, ¿quién sabe?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Si bien hay algo psicológico que desbloquea el sentirse anónimo y liberarse de la avatar personal del día a día, tampoco pretendo afirmar que el anonimato es garantía de fomentar buenos espacios en línea. Basta con voltear a mirar &lt;em&gt;twitter,&lt;/em&gt; donde entre los intentos de discusión minuciosa son rápidamente asaltados por &lt;em&gt;trolls&lt;/em&gt; de etiquetastipo &lt;em&gt;@falcadinho9087&lt;/em&gt; listos para generar zozobra y recolectar &lt;em&gt;likes&lt;/em&gt; como si fueran monedas de Súper Mario con comentarios cada vez más incendiarios. Aún así, he de admitir que he encontrado burbujas agradables allí, donde he vuelto a sentir la afinidad de intereses comunes, el compartir de ideas y proyectos... pero es cada vez más difícil y las burbujas se estallan fácilmente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y no sé ni qué decir de &lt;em&gt;LinkedIn&lt;/em&gt;, esa catástrofe virtual donde todos proyectamos algo que no somos, que tampoco queremos ser pero que de alguna forma creemos que es lo que las &amp;quot;empresas&amp;quot; quieren ver de nosotros, sus futuros trabajadores. Un lugar donde no solo tengo que proyectar una imagen personal, sino profesional, quizás la más falsa de todas las proyecciones humanas en el día a día. Su contenido es un río insoportable de pseudo intelectualismo donde se reciclan las mismas ideas una y otra vez... ¿para qué? Es que ni los &lt;em&gt;likes&lt;/em&gt; importan allá. Alguna vez escuché influencia. Háganme el &lt;em&gt;hijueputa&lt;/em&gt; favor. Por allá en mis época de &lt;em&gt;reddit&lt;/em&gt; llamábamos a este comportamiento &lt;em&gt;circlejerk&lt;/em&gt;, le queda perfecto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Queda en mí una sensación de zozobra, de que mis interacciones virtuales bajo el inocente &lt;em&gt;nickname&lt;/em&gt; de mi adolescencia fueron mucho más auténticas que cualquiera que he tenido bajo mi nombre de pila en las redes sociales. Pero todo cambia y el internet que rememoro dejó de existir hace ya un buen tiempo. No puedo evitar pensar, con algo de remordimiento, lo que se pierden las nuevas generaciones al no gozar del libre desarrollo de la anonimidad.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Felipe Moyano</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>El universo de lo no posible</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/el-universo-de-lo-no-posible/"/>
      <updated>2025-02-15T13:16:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/el-universo-de-lo-no-posible/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;El asunto de las posibilidades. Aquello de tener opciones. Como cuando uno se enfrenta a la carta de un restaurante, especialmente aquellos que se han ocupado de crear muchas, demasiadas opciones. Esas cartas que son nutridas como revistas, con veinte posibles entrantes, treinta y cinco platos principales, diez más vegetarianos, dos o cero veganos. Siete postres. Cinco o seis bebidas. Opción de bajativo. Brandy o Limoncello.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Para algunos, la abundancia de posibilidades se suele traducir en bloqueo. “Parálisis por análisis”, se le dice, de manera sonora. Irónicamente, contar con muchas opciones de acción (puedo hacer esto, o aquello, o aquello otro) resulta en que nos pueda costar más actuar hacia nuestro objetivo marco —elegir un plato, una película en Netflix, o el paso antes: un servicio de &lt;em&gt;streaming&lt;/em&gt; entre no pocos—. Ante menos posibilidades, en cambio, menos fricción mental entre la intención de actuar y el acto. Factiblemente más eficiencia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Otra expresión común es el “universo de posibilidades”. “¡Tengo un universo de posibilidades!”. En su uso común, puede que se trate de una exageración, pues literalmente alude a posibilidades infinitas, y eso no se me ocurre que suceda demasiado, en esta humanidad finita. Aunque supongo que virtualmente hay ilusión de infinidad en ciertas cuestiones cotidianas. Combinaciones infinitas de prendas de ropa, mezclas de alimentos y recetas interminables, infinidad de palabras inventadas como “textear” o “wasap” o “cochobiz”. Y bueno, tenemos las redes sociales y su aparentemente perpetua generación de contenidos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las redes sociales son un universo de posibilidades, se podría argumentar. Un universo, figurativamente, pues son más de &lt;a href=&quot;https://www.smartinsights.com/social-media-marketing/social-media-strategy/new-global-social-media-research/&quot;&gt;5 mil millones de usuarios&lt;/a&gt; (el equivalente al 64% de la población mundial) creados en redes sociales, que producen e interactúan cotidianamente con los contenidos. Que publican fotos y videos, historias y &lt;em&gt;reels&lt;/em&gt;. Que comentan, chatean, se envían memes, se saludan o celebran o bromean por intermedio de dibujitos llamados emoticones, a un ritmo de más de mil millones de publicaciones diarias en redes sociales a nivel global, según lo dice &lt;a href=&quot;https://neilpatel.com/blog/wasting-time-social-media/&quot;&gt;esta fuente cualquiera&lt;/a&gt;&lt;a href=&quot;https://neilpatel.com/blog/wasting-time-social-media/&quot;&gt;&lt;/a&gt; no verificada y seguramente infundada pero no importa porque todos sabemos que esa cifra es incomprensiblemente astronómica. O sea que estamos hablando virtualmente de una infinidad de contenidos. Cuando interactuamos con las redes, obtenemos entonces la ilusión de que las posibilidades son infinitas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El asunto con las redes es que esos contenidos infinitos, en buena parte, son la exposición de la vida privada de las personas. Pequeñas cápsulas de la vida de cada personita, o cada parejita, en foto o video, que ella misma empaqueta, adorna y filtra para que sus cinco o doscientos o tres mil o un millón de seguidores consuman y disfruten. No digo nada nuevo, nada que no sepamos, pero nunca sobra insistir porque parece que lo olvidáramos: estamos colectiva y constantemente —a ritmo de miles de millones de veces al día— escrutando la vida que los demás nos presentan, esa que ellos y ellas quieren que pensemos que es su vida, esa que ellas y ellos quieren pensar que es su vida. De modo que las posibilidades que consideramos infinitas en las redes sociales, son experiencias y anécdotas —autoficciones— que esbozan la vida de otras personas, en digital.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mi relación con las redes sociales es problemática. Hace dos o tres años decidí romper con ellas, sin darle muchas vueltas, solo impulsado por la sospecha de que en ese momento, y durante mucho tiempo, estaban machacando mi cabeza. Entonces las clausuré y limité cualquier acceso o regreso a ellas a través de las distintas extensiones tecnológicas de mi cuerpo. Ahora lo analizo con perspectiva. Siempre he sido de aquellos que padecen la citada parálisis por análisis, y en este caso, me ahogaba la exposición a tantas posibilidades. A tantas vidas y amores y &lt;em&gt;lifestyles&lt;/em&gt; encapsulados en plano-secuencias caseros, filtrados en estilo &lt;em&gt;vintage&lt;/em&gt;, o en &lt;em&gt;clarendon&lt;/em&gt;, con música bacana y moderna —escogida para decir sin decir que se tiene buen gusto—, con &lt;em&gt;feedback&lt;/em&gt; positivo de algunos de los 5 mil millones de usuarios que habitan ese cibermundo. Me abrumaba sentir que todo eso fuera posible, pero en mi inconsciente sabía que no lo tenía del todo, no siempre, no igual.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Que yo a diferencia de tantos de esos usuarios, no conseguía gozar la vida de esa misma manera, o asistir a tantos eventos, o pertenecer a tantos grupos de amigos tan chéveres todos. No conseguía vestirme tan bien, estar tan en forma, tener un perro y un gato, tener a la mejor mamá del mundo el día de la madre, cocinar súper bien, estar en la playa, hacerme un masaje, hacerme un tatuaje con un significado tan especial, ser demasiado inteligente (en LinkedIn), analizar perfectamente la política (en Twitter), casarme, tener una fiesta de matrimonio exactamente igual a las demás pero con un toque muy mío, hacer una coreografía tierna pero de calidad baja con mi esposa al son de Yatra o Michael Bublé o Vicente García, cruzar la meta de una 10K (para ser una piecita más dentro de una elaborada campaña publicitaria), de la nada ser un ciclista de ruta y jugador de pádel, y verme tan guapo en todos esos escenarios.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las redes sociales son ese maravilloso universo de posibilidades no posibles. No solo no posibles para la audiencia que irreflexivamente las recorre diariamente, sino quizás tampoco para esos mismos usuarios que producen y emperifollan sus propios contenidos. Al final, no somos exactamente lo que publicamos, aunque nos gustaría serlo. Lo que mostramos es una versión cuidadosamente seleccionada y confeccionada, una versión digital con buena luz y dirección de fotografía. Estamos ante el mercado de lo no posible, de la aspiración. Un lugar en donde la inmensa mayoría de contenidos que observamos no son reales, pero que gravemente se enseñan como si lo fueran.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al final yo volví a las redes, pues a pesar de haber llevado a cabo el ejercicio de conciencia descrito recién, al parecer no soporté no existir en ellas. Escudé mi decisión en el provecho logístico que ofrece tenerlas, como poner a la venta un mueble o un carro, conseguir piso, adoptar un perro, o contactar con conocidos, amigos lejanos, o completos desconocidos, de manera imposiblemente ágil. Volví comprometiéndome a que estando en ellas siempre observaría, en cada elemento, cada foto y comentario, cada video y guiño, la contradicción. Pero por más que uno se haya entrenado para el ring de las redes, no es posible ser del todo inmune al gancho cruzado del algoritmo, que te indica lo que debes ser, a la trampa del universo de lo no posible.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Jorge Jaramillo</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>LinkedIn: La red del no humor</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/cuando-linkedin-me-hizo-quedar-mal/"/>
      <updated>2025-02-12T12:34:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/cuando-linkedin-me-hizo-quedar-mal/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;Las risas de una quedada entre amigos se silenciaron cuando quise rememorar una publicación que vi en LinkedIn. El comentario interrumpió la conversación y se sintió la angustia que contiene ese vocablo anglosajón que nadie parece —o quiere— saber pronunciar: LinkedIn. Por fortuna, la ocurrencia de una amiga salvó el momento: “El problema con LinkedIn es que no tiene espacio para el humor”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;De vuelta en casa quise retar la anterior tesis. La primera comprobación fue &lt;em&gt;scrollear&lt;/em&gt;. Lo hago a diario, pero bajo la sombra del no-humor hubo un nuevo color, o más bien, lo privó de colores: ¡En el &lt;em&gt;scrolling&lt;/em&gt; de LinkedIn no hay diversión! Noté entonces la implacable seriedad en las publicaciones:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;“&lt;em&gt;Cuando descubrí la kombucha, sabía que tenía que compartirla con el mundo&lt;/em&gt;” profetizaba una. “&lt;em&gt;Si hiciste una mala inversión, hay solución&amp;quot;&lt;/em&gt; rimaba otro. &lt;em&gt;“Goodbye my lover, goodbye my friend, facturar fuera de la nube es cosa del pasado&lt;/em&gt;.” joder, hasta música. Pero de humor nada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Aceleré mi &lt;em&gt;scroll&lt;/em&gt;, tenía que haber un post que no participara de esa impostada pertinencia. Pero la &lt;em&gt;gracia&lt;/em&gt; no se asomó en ninguna publicación, no la hubo en las miles de soluciones a problemas que no tengo o en los obvios hallazgos en materias que a nadie le importan. Me pregunté entonces: ¿¡cómo hacen para escribir tantas cosas aburridas!?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En mi cabeza tejí pensamientos oscuros: estamos frente al gran complot del perverso capitalismo, caímos en la trampa de la sobreinformación, nos dominan bajo el yugo de la infelicidad… ¡STOP! Exaltado me alejé de la pantalla, “ha de ser la hora”, me justifiqué “mañana será diferente”. El descanso trajo la calma y la claridad. Había una falla en el razonar de mi amiga: En &lt;em&gt;LinkedIn&lt;/em&gt; se consigue trabajo, trabajo &lt;em&gt;equals money and money&lt;/em&gt; lo sabemos, es felicidad &lt;em&gt;baby&lt;/em&gt;. Jaque querida.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Escribí en un &lt;em&gt;post-it&lt;/em&gt;: “a publicaciones necias reacciones sordas” y entré una vez más. Decanté las ofertas de trabajo a las etiquetas que más resonaban con mi perfil: Gestor Cultural y Director de Proyecto —lo más cercano a &#39;artista&#39; en terminología &lt;em&gt;Linkediana&lt;/em&gt;— y, vamos a ello que vienen las carcajadas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Opción 1: &lt;em&gt;Barcelona, híbrido, unos buenos miles de Euros, responsabilidades a las que me ajusto. Párrafo de presentación. Chatgptazo. A lo mejor actualizo mi CV para esta aplicación. Mierda, tengo que instalar Illustrator. Mejor le digo al amigo que me la hizo. No contesta, ¿cuánto llevo en esta aplicación? La termino después.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Opción 2: &lt;em&gt;No tan interesante pero bueno, bastantes euros. Responsabilidades similares a las de antes. Un equipo de gente que se adora, perfecto, fan de las relaciones de oficina. Esta vez mi CV cuadra. ¿Carta de presentación? por Dios. Chatgptazo. ¿Ahora estoy en otra web? Una IA desglosa completamente mal mi Curriculum. La carta ahora la piden en inglés. ¡Se me fue la mañana! La termino después.&lt;/em&gt;&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Opción 3: &lt;em&gt;Barcelona, híbrido. No tantos euros, no importa. ¡Buah! culo de ladrillo de descripción, lo que sea, no la leo. CV simple, sin párrafo de presentación, perfecto. Reviso. Todo correcto. Esto es un milagro: “Enviar”. “La oferta ha llegado al límite de las aplicaciones. Sigue buscando”.&lt;/em&gt; Ni el más mínimo asomo de una sonrisa &lt;em&gt;my friend&lt;/em&gt;.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Un último intento. Lo siento amiga pero desmantelaré tu verdad y reirán cuando cite a LinkedIn en mis quedadas nocturnas. Deposité entonces, mi energía en crear un post ingenioso, un juego de palabras que hiciera reír al más huraño. Sería la publicación que quebraría la premisa del no-humor. Ajustes acá, ajustes allá, &lt;em&gt;memegenerator&lt;/em&gt;, test satisfactorio, ¡eureka!&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lleva dos semanas publicado y ha conseguido un “recomendar” de mi colega de &lt;em&gt;Parque Amarillo y&lt;/em&gt; un “brillante” de mi padre. No tiene ningún comentario...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El fracaso del post puede explicarse por lo subjetivo que es el humor —sigo pensando que es un buen meme—, pero en la comedia se toman riesgos y si hay algo a lo que teme esta secta virtual es al riesgo. No hay espacio para la vulnerabilidad en LinkedIn, por el contrario la red premia a quien ostente seguridad. Consecuencia de ello una impostada superioridad: a ver que nadie es tan exitoso, no estamos descubriendo que la tierra es redonda todos los días y no estás trabajando en la mejor compañía. La mayoría de los emprendedores están por abandonar —por más emojis que pongan— y si hay tanta compañía usando el &lt;em&gt;#WeAreHiring&lt;/em&gt; es porque la gente está insatisfecha en sus curros. El feed es un muro de falsedades que nos distancia de nuestra humanidad, como cualquier otro muro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A partir de entonces encuentro enfermizo LinkedIn. Desbancó, en términos de &lt;em&gt;fakeness,&lt;/em&gt; al mismo Instagram —aún por encima del jodido culto al cuerpo de esta última—. Y cuando participo de esta red, porque dejémonos de vainas, hay que estar en esa joda, me es difícil no sentir frustración al ver que el ñoño de mi colegio ha recibido una nueva certificación en MIT mientras yo sigo probando memes para que este artículo tenga algo de gracia. En definitiva mi amiga estaba en lo correcto: en LinkedIn no hay espacio para el humor y me temo que en ello perdemos todos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En todo caso, el meme:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;picture&gt;&lt;source type=&quot;image/webp&quot; srcset=&quot;https://parqueamarillo.com/img/pSY0lxluBq-576.webp 576w&quot;&gt;&lt;img src=&quot;https://parqueamarillo.com/img/pSY0lxluBq-576.jpeg&quot; alt=&quot;&quot; width=&quot;576&quot; height=&quot;816&quot;&gt;&lt;/picture&gt;&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Juan Torregrosa</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>Un mundo sin Rappi</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/un-mundo-sin-rappi/"/>
      <updated>2025-01-28T00:00:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/un-mundo-sin-rappi/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;A veces me pregunto cómo sería un mundo sin Rappi. O sin Glovo, para situarlo en España, donde ahora vivo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es inquietante que seguramente existe ya una generación de adolescentes urbanitas que han crecido con la idea de que al paisaje de la ciudad le es natural esa flota incesante de ciclistas y motoristas que entregan comida a domicilio, todos los días. Personajes todos que circulan afanosamente, rotulados en sus atuendos y mochilas, con los colores de las marcas que han introducido este innovador modelo de negocio. Marcas que son como copias de aquellas fabricadas en la meca, que es Silicon Valley.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Las nuevas generaciones, por crecer en un ambiente en que tal modelo es lo natural, han de naturalizar también muchos de sus efectos. Como el hecho de que, es lo normal antojarse de un &lt;em&gt;ramen&lt;/em&gt; un domingo a la tarde, para solo ordenarlo a través de una &lt;em&gt;app&lt;/em&gt; en el móvil y recibirlo, como traído por una cigüeña, en la puerta de casa. En media hora. O sea, que es posible satisfacer cualquier antojo efímero y disparatado desde la comodidad de casa, a cualquier hora del día, sin mucho esfuerzo. Pero también, que detrás de ese gesto antideportivo, se despliegan esfuerzos de unas cuantas redes de personas que procesan, elaboran y transportan el caprichito. Y que la última milla de esa cadena — que nos es ajena e indiferente — la ejecuta apresuradamente un personaje que atraviesa las calles en su bici, como en un videojuego, esquivando carros, peatones, perros y policías para llegar lo más pronto y ser premiado con un centavillo más. (Sobre el paralelo del trabajo en &lt;em&gt;delivery&lt;/em&gt; y la gamificación de los videojuegos, échenle ojo a &lt;em&gt;&lt;a href=&quot;https://www.youtube.com/watch?v=-vc8Qd0maRE&amp;amp;themeRefresh=1&quot;&gt;Life is a Game&lt;/a&gt;&lt;/em&gt;, un docu bien bacano que lo pone de presente).&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Es natural esta dinámica. Es natural no pensar mucho en ella, también.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En España, ese personaje que vertiginosamente pedalea, suele ser migrante. Y suele aspirar, por demás, a otra cosa. Es difícil comprar la idea que &lt;a href=&quot;https://www.eldiario.es/economia/cofundador-glovo-dice-tres-trabajos-vez-empieza-realidad_1_7163947.html&quot;&gt;pregonaba hace unos años el entonces Vicepresidente de Asuntos Globales de Glovo&lt;/a&gt;,&lt;a href=&quot;https://www.eldiario.es/economia/cofundador-glovo-dice-tres-trabajos-vez-empieza-realidad_1_7163947.html&quot;&gt;&lt;/a&gt; cuando describía al típico &lt;em&gt;rider&lt;/em&gt; como un joven aventurero, que repartía domicilios para hacerse unos pesos extra en su vida viajera. “Sería maravilloso que un &lt;em&gt;glover&lt;/em&gt; pudiese estar en Milán y decir: quiero venir a Barcelona tres meses. Venir, trabajar en Glovo y decir: ah, pues voy a Lisboa (…) Vivir la experiencia sin hacer grandes esfuerzos”. La vida soñada para cualquier joven, según este hombre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero la realidad, como dicen en X, “sin pruebas pero tampoco dudas”, parece que es otra. El año pasado me pasé unos meses hablando con algunos de esos “&lt;em&gt;glovers&lt;/em&gt;” — nadie los llama así — , e incluso me fui con ellos a repartir hamburguesas. Y ninguno de ellos, ni tampoco sus conocidos que ejercen el trabajo, ni los conocidos de sus conocidos, lo hacen por el espíritu mochilero y alocado que refiere el empresario. Me atrevo a decir que, sin excepción, todos lo hacen porque les toca, como parte del camino bastante intrincado que afrontan muchos migrantes, cuya meta es la estabilidad, el ingreso digno, la regularización legal, la tranquilidad. Muchos ven el trabajo de &lt;em&gt;delivery&lt;/em&gt; en plataformas digitales como un sufrido “ritual de entrada” al país al que migran, en el que buscan radicarse.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El tema está estudiado. Para el contexto europeo, recomiendo el proyecto de investigación &lt;a href=&quot;https://platformlabor.net/about&quot;&gt;Platform Labor&lt;/a&gt;&lt;a href=&quot;https://platformlabor.net/about&quot;&gt;&lt;/a&gt; que conduce Niels van Doorn, de la Universidad de Ámsterdam; la iniciativa &lt;a href=&quot;https://platcom.upf.edu/&quot;&gt;PLATCOM&lt;/a&gt;&lt;a href=&quot;https://platcom.upf.edu/&quot;&gt;&lt;/a&gt; de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona; o el proyecto de investigación-acción &lt;a href=&quot;https://fair.work/en/fw/homepage/&quot;&gt;Fairwork&lt;/a&gt;&lt;a href=&quot;https://fair.work/en/fw/homepage/&quot;&gt;&lt;/a&gt; de la Universidad de Oxford. Entre otras cosas, un común denominador de la experiencia de los &lt;em&gt;riders&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;glovers&lt;/em&gt; o &lt;em&gt;rappis&lt;/em&gt;, según los estudiosos, es que ellos son plenamente conscientes que laboran en precariedad y que el oficio es casi explotación. Pero lo aceptan, como parte de un proceso interno de negociación, como un “mal necesario” temporal, porque es una suerte de bisagra entre lo que se deja atrás y el mejor futuro. Ningún paseo de vacaciones, como sugiere el amigo empresario de Glovo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mi curiosidad por este tema viene desde Colombia. Para mí y para muchos fue alucinante ver cómo en poco tiempo, por allá en 2015 o 2016, una &lt;em&gt;startup&lt;/em&gt; como Rappi cambió las reglas. Introdujo un nuevo modelo de vida, una nueva cultura y forma de relacionarse con el consumo en las principales ciudades colombianas, luego en las latinoamericanas. Casi de un momento a otro, las calles se llenaron de domiciliarios anaranjados en ciclas y motociclas caseras sin póliza de riesgos laborales, los restaurantes se vieron obligados a existir en esa plataforma, y los ciudadanos de clase media y alta cultivamos una nueva necesidad que no sabíamos que teníamos, de poder acceder a todo y nada, cuando quisiéramos, de inmediato, sin mover un músculo. En Colombia, también, muchos de los repartidores son migrantes. Pero en este caso, no porque Colombia sea un destino apetecido y deseable por su calidad de vida, sino porque somos en este siglo el país vecino de Venezuela, nuestra delirante nación hermana. Punto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El asunto es que en uno y otro caso, el resultado es que aquel oficio que se promociona como aventurero y flexible —pero que en la práctica es peligroso, inestable y mal remunerado— , lo ocupan en su mayoría personas en situación de adversidad. Pues ante la falta de oportunidades, son las pocas o únicas dispuestas a asumirlo. Es lo que algunos han llamado la “&lt;a href=&quot;https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/09500170221096581&quot;&gt;mercantilización digital del trabajo migrante mal pagado&lt;/a&gt;“, rimbombante término que sugiere que el trabajo mal pago, asumido casi siempre por migrantes en situación de riesgo, es una variable clave en la ecuación de las plataformas de &lt;em&gt;delivery&lt;/em&gt;. Algunos incluso más entrometidos se han ido a husmear los números de estos modelos de negocio (lean a &lt;a href=&quot;https://linkinghub.elsevier.com/retrieve/pii/S2210539521000420&quot;&gt;estos personajes&lt;/a&gt;&lt;a href=&quot;https://linkinghub.elsevier.com/retrieve/pii/S2210539521000420&quot;&gt;&lt;/a&gt;), para concluir que pagar poco a los repartidores (no contratarlos formalmente en nómina, por ejemplo) los mantiene en equilibrio, algo rentables.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En otras palabras, más llanamente, estamos diciendo que el modelo de negocio de estas empresas innovadoras y disruptivas (llámese Glovo, Didi, Rappi, flufi, mimi, fofi o lo que sea), un poco depende de que existan estas personas, un poco jodidas, bastante dispuestas a hacer estos trabajos, por unos pocos centavos. Todo lo cual, situado en Europa o Estados Unidos, adquiere una tonalidad todavía más inquietante, un poco jerárquica-colonial, de que son los migrantes de los Sures en situaciones adversas los que han de ocupar tales lugares serviles.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por todo esto, el uso de estas plataformas es un dilema. Yo he estado ahí: tantas veces que he ordenado unas cervezas o un aguacate o un &lt;em&gt;ramen&lt;/em&gt; un domingo en la tarde, embebido por el reposo y la pereza que (ya traía de fábrica pero que) me estimuló Rappi. Pero también soy crítico, también he vivido esa distante era “pre-Rappi” en la que se vivía normalmente y sin contratiempos, sin añoranza de esa necesidad artificial que luego me incubaron. También conocí la versión no muy grata de los restaurantes frente a estas plataformas (cuando monté un negocio dizque de comidas congeladas), que así no quieran jugar el juego, deben existir en las plataformas y cederles un buen trozo de su margen para sobrevivir. Y sobre todo también, me acerqué y me puse a estudiar lo que pasa con ese eslabón de la cadena que la mayoría pasamos por alto: a los &lt;em&gt;riders&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;rappis&lt;/em&gt;, &lt;em&gt;glovers&lt;/em&gt;, o como queramos llamarlos. Y todo eso, alguna cosa da para pensar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Por eso a veces me pregunto cómo sería un mundo sin Rappi, o Glovo, o Ravo, o Gloppi. Un mundo que nos costaría explicarle a aquellos adolescentes, un mundo que también puede ser, y que de hecho fue, y que estaba bien. Y tendré mis detractores, y me tildarán de anticuado, aguafiestas, poco innovador, anti-tecnológico, infeliz, romántico, medieval. Pero me quedo con que sería un mundo mejor.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Jorge Jaramillo</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>Páramos</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/paramos/"/>
      <updated>2025-01-13T00:00:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/paramos/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;El año comienza con una visita a los campos de Boyacá, Colombia. Un territorio vasto que se desliza desde los picos nevados de la cordillera oriental de los Andes, hasta las riberas tropicales del río Magdalena en el centro del país. Un territorio que, por tal topografía, atestigua una vez más la culminación de aquella cadena montañosa que se trepa desde la Patagonia y que une a toda la América del Sur, para su encuentro con el trópico.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Boyacá es también un lugar que para muchos que no somos de allí, se pasa por alto, se ignora fácilmente, se da por sentado. Que se asocia rápidamente a la tranquila vida campesina, quizás más estática y aburrida, quizás menos desarrollada y excitante. Que a veces es tan solo esa tierra de donde viene algún linaje: esa abuela que nació y creció en Sogamoso, esa finca de la familia en Ráquira, esos primos lejanos que trabajan la tierra en Moniquirá. Y que mantiene su discreción por la humildad de sus habitantes, que trabajan y cuidan de su tierra en silencio, sin alardeo ni protagonismo. A quienes la vastedad y fecundidad de su terruño — quiero creer — les inmuniza ante el magnetismo de las grandes urbes de esta accidentada nación.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero lejos del aburrimiento, las fronteras de Boyacá delimitan un espacio alucinante, adueñado por una naturaleza diversa e imponente que ha dado forma, a su vez, a las culturas que antes y después de la conquista han tenido el privilegio de habitarla. En Boyacá, hoy parece predominar, en efecto, una cultura campesina. Una cultura de campo que es el resultado de una hibridación a la vez trágica y maravillosa: el ya sabido mestizaje que vino con el acorralamiento y adoctrinamiento de las culturas indígenas prehispánicas, y la implantación de las formas y arquitecturas europeas. Todo ello, en el escenario de los fértiles campos boyacenses, en los campos inclinados, bajos y altos, fríos y cálidos, a veces páramos, a veces nevados.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Recorrer Boyacá es ver cómo la cordillera y su descenso es ocupada por pequeñas poblaciones, inclinadas y regadas por doquier, que se dedican a la agricultura y la ganadería, para el sustento inmediato primero, para la despensa nacional después. Pueblos que tras la faena, se emborrachan, se emparejan, se desordenan, para a la mañana siguiente reordenarse y proseguir. Pueblos que empatan — pecan y rezan — , pues son devotos católicos, que bien heredaron el español temor a Dios, pero a quienes así mismo les corre sangre muisca, espiritualidades precolombinas, en las que también creen. Sincretismo religioso que deriva en la devoción a vírgenes que cubrieran con su manto a pueblos indios, como la Virgen de Monguí, o la de Chiquinquirá.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Boyacá alindera hermosos páramos — aquellos ecosistemas únicos e irrepetibles solo vistos en zonas de alta montaña de regiones tropicales — . En mi opinión, se trata de lugares que por su función ecosistémica vital de retener, almacenar y liberar agua, asumen una suerte de cualidad sacra. Una suerte de misticismo que obliga a venerarles, como hacían de antaño las culturas muiscas, como entendemos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Los páramos son también, en este siglo, un poco desconocidos para más de uno. En la historia colombiana, seguramente no hemos sido capaces de mirar bien hacia adentro, hemos sido centralistas, enfocados en lo urbano. Hemos sido y somos, cuando menos, arribistas: siempre mirando cómo aproximarnos a lo blanco, europeo, norteamericano, al tiempo que menospreciamos nuestro propio patio, nuestras propias formas y tonalidades amorenadas. Hemos vivido en guerra desde que nos emancipamos, y los campos — páramos incluidos — han sido zonas bélicas, prohibidas para el civil incauto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero ahora vemos el páramo. Lo recorremos, descubrimos y disfrutamos. Lo honramos y respetamos. Y emocionados, le veneramos aproximándonos a la deferencia indígena. El páramo y su misticismo indígena son &lt;em&gt;hipsters&lt;/em&gt;. Nuestras empresas y marcas se llaman “Páramo”; registramos sus montañas y lagunas para que otros se enteren que allí estuvimos a través de nuestros &lt;em&gt;reels&lt;/em&gt;; y nos tatuamos frailejones en &lt;em&gt;hand-poke&lt;/em&gt; con artistas e ilustradores, ahora tatuadores. Y aunque ironizo un poco, verdaderamente creo que estamos en nuestro derecho de juvenilizar y hipsterizar el páramo, pues es nuestra forma de apropiarnos de nuestro territorio —o de ser apropiados por él — , de una manera posiblemente más amable que aquella (extractiva) de nuestros ascendientes industriales.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hoy podríamos hablar de una especie de “neo-ritualismo” ejercido por jóvenes y no tan jóvenes, estimulado por la grandeza y espiritualidad natural de las montañas boyacenses y sus páramos. Formas neo-rituales que en el siglo veintiúno son resultado del accidentado devenir cultural de este país, que doscientos años después de su nacimiento oficial, todavía tiene a sus habitantes entendiendo quiénes son, de dónde vienen y de qué está hecha su tierra y su relato. Estoy yo todavía descifrando qué soy, como producto de una mezcla, oriundo de tierras que desconozco y que de a poco me conquistan. Como el páramo, del que ahora proclamo que provengo, en parte. Por eso me adhiero a la práctica neo-ritual de iniciar el nuevo ciclo de este año en la inmensidad de la montaña boyaca, como desesperado gesto de pertenecer a algo mío y nuestro. A una raíz, y sobre todo, a un horizonte común.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Jorge Jaramillo</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>Ventajas de la impuntualidad</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/ventajas-de-la-impuntualidad/"/>
      <updated>2022-12-03T05:00:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/ventajas-de-la-impuntualidad/</id>
      <content type="html">&lt;ul&gt;&lt;li&gt;Adrenalina.&lt;/li&gt;&lt;li&gt;No tener que esperar a nadie.&lt;/li&gt;&lt;li&gt;Llegar alerta / llegar preparado.&lt;blockquote&gt;&lt;p&gt;Cuando uno es impuntual, cada minuto es un universo de posibilidades.&lt;/p&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;/li&gt;&lt;li&gt;No tener afán en lo que uno esté haciendo antes.&lt;/li&gt;&lt;li&gt;Aprender a soltar.&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;</content>
      <author>
        <name>Jorge Jaramillo,Felipe Moyano</name>
      </author>
    </entry>
    <entry>
      <title>El abandono de la ciudad</title>
      <link href="https://parqueamarillo.com/posts/el-exodo-urbano/"/>
      <updated>2021-07-27T00:00:00Z</updated>
      <id>https://parqueamarillo.com/posts/el-exodo-urbano/</id>
      <content type="html">&lt;p&gt;Luego de más de un año de pandemia, posiblemente estaríamos de acuerdo en que, por décadas, no había sufrido la humanidad un golpe más despiadado como el que nos dio el COVID-19. Mientras científicos, periodistas e historiadores se han esforzado por anticipar los efectos de la pandemia, con menos éxito del que quisieran, muchos de los cambios nos han tomado por sorpresa. No esperábamos, por ejemplo, que el aislamiento y las cuarentenas tuvieran efectos tan punzantes en nuestra salud mental, al punto que se dispararan los niveles de ansiedad, o se redujeran las horas de sueño de la mayoría. O que el fortuito origen del virus en Wuhan &lt;a href=&quot;https://www.hrw.org/news/2020/05/12/covid-19-fueling-anti-asian-racism-and-xenophobia-worldwide&quot;&gt;desatara en algunos un desprecio pasivo-agresivo por la raza china&lt;/a&gt;, que pareció cultivado por años y que encontró entonces el pretexto perfecto para salir a la luz. O que la distribución de vacunas fuera a &lt;a href=&quot;https://www.portafolio.co/internacional/distribucion-de-vacunas-del-covid-19-el-nacionalismo-la-amenaza-que-surge-en-reparto-de-las-dosis-contra-coronavirus-548811&quot;&gt;profundizar el ánimo nacionalista de la mayoría de países poderosos en el mundo&lt;/a&gt;, al hacer lo posible por vacunar a su población primero, como ignorando que más se retardaba el regreso a cierta normalidad si los países pobres no accedían también a las vacunas. Pero acá me concentro en un fenómeno al que la pandemia ha contribuido, y que ha sido menos previsible: el éxodo urbano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En Colombia, el éxodo urbano es particularmente novedoso, porque parecía que no había culminado el éxodo rural (coletazo tardío de un fenómeno decimonónico), cuando ya la pandemia provocaba un contraflujo. En Colombia atravesábamos un proceso gradual de abandono del campo hacia las ciudades, &lt;a href=&quot;https://semanarural.com/web/articulo/no-hay-jovenes-en-el-campo-colombiano/1065&quot;&gt;especialmente por parte de jóvenes que no veían oportunidades de progreso en sus tierras&lt;/a&gt;. No solamente por las barreras propias de la desigual condición en que vive el campesinado colombiano, o por el asunto —no menor— del desplazamiento forzado; sino también por cada vez más globalizada (y tiktokizada). Los efectos del éxodo rural no son muy distintos de los que afrontaron países industrializados dos siglos atrás. El quebrantamiento del traspaso generacional de conocimientos agrícolas inmemoriales es uno de los más inquietantes, pues en el saber ancestral del campesinado se ubica buena parte de nuestra identidad cultural y alimentaria. el creciente desinterés en la ocupación agrícola de parte de la juventud&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero los efectos del abandono del campo por quienes son sus ocupantes naturales, ahora se complejizan con la llegada de nuevos habitantes. Se trata de los acelerados citadinos, en busca de paraísos de campo improductivos que contribuyan a reducir sus trastornos mentales y ofrezcan el entorno adecuado para la errática práctica del &lt;em&gt;mindfulness&lt;/em&gt;. &lt;a href=&quot;https://unperiodico.unal.edu.co/pages/detail/de-la-ciudad-al-campo-un-exodo-acelerado-no-solo-el-covid-19/&quot;&gt;Aunque es un fenómeno que se anticipaba&lt;/a&gt;, el proceso se aceleró cuando se hizo vigente la práctica del trabajo remoto, acogida a regañadientes por empresas y entidades ante la llegada del COVID-19. En efecto, la presencialidad obligatoria en el trabajo fue radicalmente desvirtuada por la nueva realidad, pero no fue un cambio que no se previera. La validez del trabajo asincrónico y remoto venía sugiriéndose desde aquel mundo pre-pandémico, del cual quizá nunca gocemos de nuevo. Pero solo el Coronavirus confirió la estocada final, demostrando que los sistemas laborales de muchas de las grandes organizaciones eran obsoletos, todavía aferrados a las dinámicas del mundo previo al Internet. Hoy puede afirmarse que la productividad es la misma —&lt;a href=&quot;https://theconversation.com/have-we-just-stumbled-on-the-biggest-productivity-increase-of-the-century-145104&quot;&gt;o quizá mayor&lt;/a&gt;— que aquella alcanzada antes de COVID-19, puesto que nos ha permitido entender lo superfluo del encuentro físico diario y obligatorio, lo improductiva que ha demostrado ser la dinámica jerárquica del jefe controlador, y lo cosmético, innecesario y antiecológico de los viajes laborales.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Esta excepcional coyuntura también ha modificado la media de edad de la masa migrante entre la ciudad y el campo. Porque antes de estos sucesos, podía ser común observar personas mayores perseguir el sueño de retiro en el campo, y solamente eran pensionados y pensionadas los que modificaban el paisaje humano en lo rural. Pero es llamativo que hoy han sido los jóvenes adultos (de las generaciones X y Y) los que han agarrado sus corotos y han emprendido su camino al campo, juntándose al éxodo hacia la ruralidad. Son ahora quienes viven en el ocaso de sus veinte, hasta los que disfrutan los arreboles de los cuarenta, algunos de los nuevos habitantes de predios en el campo, que ahora adaptan a sus necesidades cultivadas en la urbe.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Pero justamente estas adaptaciones conllevan el riesgo de modificar ciertas dinámicas tradicionales de las comunidades rurales que acogen a los desertores urbanitas. Ya se ha visto que en sectores aledaños a grandes ciudades —&lt;a href=&quot;https://publicaciones.autonoma.edu.co/index.php/anfora/article/download/35/32/#:~:text=Los%20municipios%20que%20se%20encuentran,%2C%20Mosquera%2C%20Subachoque%20y%20Zipac%C3%B3n.&quot;&gt;como es el caso de la región de la Sabana de Bogotá&lt;/a&gt;— ante la gradual llegada de los vecinos ansiosos de la ciudad, se desata una creciente valorización de predios, los cuales dejan de ser puestos al servicio de la práctica agrícola, para convertirse en sitios improductivos, adaptados a la estética y lujos urbanos. Dicha valorización se debe a la llamada “gentrificación”, &lt;a href=&quot;https://unperiodico.unal.edu.co/pages/detail/de-la-ciudad-al-campo-un-exodo-acelerado-no-solo-el-covid-19/&quot;&gt;que anticipa el incremento en los precios de los predios por efecto del mayor poder adquisitivo de sus nuevos habitantes&lt;/a&gt;. Si bien en un país como Colombia este fenómeno beneficia a los terratenientes, perjudica gravemente a los campesinos que por décadas han reclamado acceso a la tierra, pues aleja de ellos la posibilidad de, eventualmente, hacerse legítimamente con una parcela en la cual trabajar libremente, para sí mismos y no para otros. Otro fenómeno es la afectación cultural. Basta con unos pocos citadinos que lleguen a habitar las veredas rurales para que, también por el mercado, emerjan comercios de alimentos y enseres diseñados para el agrado del citadino. De manera que éste no sienta la ausencia de artículos vitales para su estilo de vida, como ofertas gastronómicas cosmopolitas, golosinas y licores importados, entre otros. Ello, a costa de incidir en el estilo de vida del campesino que previamente no se encontraba expuesto a un comercio de este estilo. No quisiéramos que ninguno de estos fenómenos empezara a reavivar el éxodo, ahora de los nativos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En cualquier caso, también es cierto que el fenómeno del éxodo urbano se propulsa con la capacidad económica de los citadinos, y que es en realidad una posibilidad sustentada en el privilegio. No demasiados en Colombia tienen la posibilidad de sostener un capricho de este estilo, por lo que es posible que el fenómeno sea menos abultado de lo que sería, muy probablemente, en ciertos países del Norte con mayor riqueza, mejor distribuida. Por otra parte, hay quienes incluso afirman que, a pesar de la evidente tendencia de la gente de escapar del encierro urbano, dicho escape se convertirá tan solo en una faceta de la pandemia, porque a la larga, la gente regresará a las ciudades. Principalmente porque la gente no soportará la soledad y el silencio rurales y querrá rodearse de nuevo de más personas, en torno a los espacios urbanos que gradualmente se rehabilitarán, todo lo cual conllevará —como las pandemias antiguas han demostrado— a la sobredosis de aglomeraciones, juergas y desmadres.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;A pesar de lo anterior, la transformación de los paisajes rurales a raíz del movimiento gradual de citadinos, y el subsecuente nacimiento de nuevas ruralidades, no deja de ser un asunto a considerar. Sobre esto, algunos pensamientos de salida. En primer lugar, más allá de que el fenómeno que atestiguamos sea efímero o duradero, replantear los valores sobre lo urbano y lo rural es provechoso. No está de más que, como habitantes de ciudades y metrópolis, nos detengamos a considerar la verdadera pertinencia, en este siglo, del pensamiento excesivamente urbanizante, acelerado e inmediatista de la sociedad (modelo que, dicho sea de paso, parece añorar nuestro primer unicornio). En cambio, podría ser interesante que consideráramos el retorno a una organización social más sostenible y mejor distribuida, como admite la vida en el campo. Pero, en segundo lugar, también es preciso considerar con sensibilidad cómo desenvolver dicha transición, pues el regresar de la ciudad al campo es, en mayor o menor medida, la irrupción al campesinado. Y aunque dicho movimiento también pueda significar provechos para el campesino —que estoy en deuda de enlistar—, lo cierto es que el trámite de regreso debe ser dialogado y armonioso, cuidadoso de las prácticas y los usos, y humilde y no impositivo. Porque si algún grupo preserva la esencia de nuestra identidad y cultura, mereciendo por ende nuestro mayor respeto y protección, debe ser el de los campesinos y campesinas del país.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;...&lt;/p&gt;&lt;p&gt;&lt;a href=&quot;https://www.linkedin.com/pulse/pensamientos-pand%C3%A9micos-el-abandono-de-la-ciudad-jorge-jaramillo/?trackingId=mmfyU4OYTaK%2FIx8S%2FBGKnA%3D%3D&quot;&gt;Artículo originalmente publicado en LinkedIn&lt;/a&gt;.&lt;/p&gt;</content>
      <author>
        <name>Jorge Jaramillo</name>
      </author>
    </entry>
</feed>