A veces me pregunto cómo sería un mundo sin Rappi. O sin Glovo, para situarlo en España, donde ahora vivo.
Es inquietante que seguramente existe ya una generación de adolescentes urbanitas que han crecido con la idea de que al paisaje de la ciudad le es natural esa flota incesante de ciclistas y motoristas que entregan comida a domicilio, todos los días. Personajes todos que circulan afanosamente, rotulados en sus atuendos y mochilas, con los colores de las marcas que han introducido este innovador modelo de negocio. Marcas que son como copias de aquellas fabricadas en la meca, que es Silicon Valley.
Las nuevas generaciones, por crecer en un ambiente en que tal modelo es lo natural, han de naturalizar también muchos de sus efectos. Como el hecho de que, es lo normal antojarse de un ramen un domingo a la tarde, para solo ordenarlo a través de una app en el móvil y recibirlo, como traído por una cigüeña, en la puerta de casa. En media hora. O sea, que es posible satisfacer cualquier antojo efímero y disparatado desde la comodidad de casa, a cualquier hora del día, sin mucho esfuerzo. Pero también, que detrás de ese gesto antideportivo, se despliegan esfuerzos de unas cuantas redes de personas que procesan, elaboran y transportan el caprichito. Y que la última milla de esa cadena — que nos es ajena e indiferente — la ejecuta apresuradamente un personaje que atraviesa las calles en su bici, como en un videojuego, esquivando carros, peatones, perros y policías para llegar lo más pronto y ser premiado con un centavillo más. (Sobre el paralelo del trabajo en delivery y la gamificación de los videojuegos, échenle ojo a Life is a Game, un docu bien bacano que lo pone de presente).
Es natural esta dinámica. Es natural no pensar mucho en ella, también.
En España, ese personaje que vertiginosamente pedalea, suele ser migrante. Y suele aspirar, por demás, a otra cosa. Es difícil comprar la idea que pregonaba hace unos años el entonces Vicepresidente de Asuntos Globales de Glovo, cuando describía al típico rider como un joven aventurero, que repartía domicilios para hacerse unos pesos extra en su vida viajera. “Sería maravilloso que un glover pudiese estar en Milán y decir: quiero venir a Barcelona tres meses. Venir, trabajar en Glovo y decir: ah, pues voy a Lisboa (…) Vivir la experiencia sin hacer grandes esfuerzos”. La vida soñada para cualquier joven, según este hombre.
Pero la realidad, como dicen en X, “sin pruebas pero tampoco dudas”, parece que es otra. El año pasado me pasé unos meses hablando con algunos de esos “glovers” — nadie los llama así — , e incluso me fui con ellos a repartir hamburguesas. Y ninguno de ellos, ni tampoco sus conocidos que ejercen el trabajo, ni los conocidos de sus conocidos, lo hacen por el espíritu mochilero y alocado que refiere el empresario. Me atrevo a decir que, sin excepción, todos lo hacen porque les toca, como parte del camino bastante intrincado que afrontan muchos migrantes, cuya meta es la estabilidad, el ingreso digno, la regularización legal, la tranquilidad. Muchos ven el trabajo de delivery en plataformas digitales como un sufrido “ritual de entrada” al país al que migran, en el que buscan radicarse.
El tema está estudiado. Para el contexto europeo, recomiendo el proyecto de investigación Platform Labor que conduce Niels van Doorn, de la Universidad de Ámsterdam; la iniciativa PLATCOM de la Universidad Pompeu Fabra en Barcelona; o el proyecto de investigación-acción Fairwork de la Universidad de Oxford. Entre otras cosas, un común denominador de la experiencia de los riders, glovers o rappis, según los estudiosos, es que ellos son plenamente conscientes que laboran en precariedad y que el oficio es casi explotación. Pero lo aceptan, como parte de un proceso interno de negociación, como un “mal necesario” temporal, porque es una suerte de bisagra entre lo que se deja atrás y el mejor futuro. Ningún paseo de vacaciones, como sugiere el amigo empresario de Glovo.
Mi curiosidad por este tema viene desde Colombia. Para mí y para muchos fue alucinante ver cómo en poco tiempo, por allá en 2015 o 2016, una startup como Rappi cambió las reglas. Introdujo un nuevo modelo de vida, una nueva cultura y forma de relacionarse con el consumo en las principales ciudades colombianas, luego en las latinoamericanas. Casi de un momento a otro, las calles se llenaron de domiciliarios anaranjados en ciclas y motociclas caseras sin póliza de riesgos laborales, los restaurantes se vieron obligados a existir en esa plataforma, y los ciudadanos de clase media y alta cultivamos una nueva necesidad que no sabíamos que teníamos, de poder acceder a todo y nada, cuando quisiéramos, de inmediato, sin mover un músculo. En Colombia, también, muchos de los repartidores son migrantes. Pero en este caso, no porque Colombia sea un destino apetecido y deseable por su calidad de vida, sino porque somos en este siglo el país vecino de Venezuela, nuestra delirante nación hermana. Punto.
El asunto es que en uno y otro caso, el resultado es que aquel oficio que se promociona como aventurero y flexible —pero que en la práctica es peligroso, inestable y mal remunerado— , lo ocupan en su mayoría personas en situación de adversidad. Pues ante la falta de oportunidades, son las pocas o únicas dispuestas a asumirlo. Es lo que algunos han llamado la “mercantilización digital del trabajo migrante mal pagado“, rimbombante término que sugiere que el trabajo mal pago, asumido casi siempre por migrantes en situación de riesgo, es una variable clave en la ecuación de las plataformas de delivery. Algunos incluso más entrometidos se han ido a husmear los números de estos modelos de negocio (lean a estos personajes), para concluir que pagar poco a los repartidores (no contratarlos formalmente en nómina, por ejemplo) los mantiene en equilibrio, algo rentables.
En otras palabras, más llanamente, estamos diciendo que el modelo de negocio de estas empresas innovadoras y disruptivas (llámese Glovo, Didi, Rappi, flufi, mimi, fofi o lo que sea), un poco depende de que existan estas personas, un poco jodidas, bastante dispuestas a hacer estos trabajos, por unos pocos centavos. Todo lo cual, situado en Europa o Estados Unidos, adquiere una tonalidad todavía más inquietante, un poco jerárquica-colonial, de que son los migrantes de los Sures en situaciones adversas los que han de ocupar tales lugares serviles.
Por todo esto, el uso de estas plataformas es un dilema. Yo he estado ahí: tantas veces que he ordenado unas cervezas o un aguacate o un ramen un domingo en la tarde, embebido por el reposo y la pereza que (ya traía de fábrica pero que) me estimuló Rappi. Pero también soy crítico, también he vivido esa distante era “pre-Rappi” en la que se vivía normalmente y sin contratiempos, sin añoranza de esa necesidad artificial que luego me incubaron. También conocí la versión no muy grata de los restaurantes frente a estas plataformas (cuando monté un negocio dizque de comidas congeladas), que así no quieran jugar el juego, deben existir en las plataformas y cederles un buen trozo de su margen para sobrevivir. Y sobre todo también, me acerqué y me puse a estudiar lo que pasa con ese eslabón de la cadena que la mayoría pasamos por alto: a los riders, rappis, glovers, o como queramos llamarlos. Y todo eso, alguna cosa da para pensar.
Por eso a veces me pregunto cómo sería un mundo sin Rappi, o Glovo, o Ravo, o Gloppi. Un mundo que nos costaría explicarle a aquellos adolescentes, un mundo que también puede ser, y que de hecho fue, y que estaba bien. Y tendré mis detractores, y me tildarán de anticuado, aguafiestas, poco innovador, anti-tecnológico, infeliz, romántico, medieval. Pero me quedo con que sería un mundo mejor.
