Ha pasado más de un año desde la última reseña de cine que publiqué. El medio que usaba terminó por frustrarme. Fui terco en creer que en dicha plataforma encontraría disposición para ese contenido. Sé que tengo seguidores interesados en recomendaciones de cine -aunque escaso, el feedback siempre fue positivo-. No obstante, siempre supe que eran pocos los lectores. Yo mismo soy perezoso cuando encuentro un párrafo en el scrolling lateral. Instagram no está diseñado para la lectura.
Ahora bien, en mi afán de controvertir la anterior hipótesis me volví un artesano del formato historia de Instagram. Buscando hacer llamativos mis comentarios sobre cine, hice mil experimentos: colores llamativos, títulos en neón, clips cortos de alguna escena, llegué a poner stickers con mi cara (facepalm). Por supuesto, en esa empresa comprometí mi forma de escribir -redacción, lenguaje, ritmo y así-. Pero, encontré una voz. La atesoré y me divertí puliéndola. Me dejé conducir por ella y llegué a encontrar una osadía que no sabía que habitaba en mí. Se volvió en un hábito casi sanador.
Lamentablemente, el formato fue despiadado y el poco alcance que generaban mis publicaciones me condujo a un inesquivable síndrome del impostor. No alcanzó el cariño y decidí abandonar por completo y volver a la comodidad del anonimato.
Algo de liberación hubo en dejar de escribir sobre las películas, no lo voy a negar. El oficio del crítico baila con el snobismo, la petulancia y otras prácticas odiosas. “Mejor sentarse y disfrutar la película sin más”, me justifiqué. Pero, en cada conversación sobre alguna película o en las reseñas que leía, algo se movía dentro de mí -como el alien de Alien, ya que estamos hablando de cine-. Y de pronto se escapó de mi cuerpo, y lo hizo de la mejor manera, con una película de terror.
Tengo un carácter obsesivo -lo descubrimos con mi terapeuta- y no es algo necesariamente malo -también con el terapeuta-. Quienes me conocen saben lo pesado que me puedo poner cuando algo me gusta, el más fan: leo sobre eso, veo documentales, compro camisetas y vinilos y moldeo mi personalidad para que encaje con eso que me gustó. De ahí mi insistencia en escribir sobre cine: necesito expresar y compartir eso que me fascinó. También de ahí mi frustración cuando no encuentro público que lo quiera recibir. En una película de Benigni el protagonista cuenta que se hizo poeta cuando siendo niño vio morir una mariposa y al contarle a su madre, sus palabras no alcanzaron para hacerla sentir la tristeza que él sintió.
Pues bueno, esta película de terror volvió a abrir ese grifo de exhortación y he decidido volver a las tablas, o a las teclas más bien. Esta vez aterrizo en un lugar diseñado para la lectura, como lo es Parque Amarillo, y abandono la rimbombancia que me permitían las historias de Instagram. Sin embargo, rescato esa voz que extraño y que tanto me divierte. Los invito, pues, a que me acompañen en esta nueva fase de reseñas de cine y espero que la lectura de ellas los entretenga tanto como a mí me entretiene escribirlas. Por hoy, y después de este ladrillazo, sólo escribo una, la de la película de volver, cuyo título no puede ser más acertado: Obsession.
Obsession (2026)
Director: Curry Barker
Con esta película declaro mi amor absoluto por el género de terror. Qué experiencia es ir a ver una película de terror, es envolvente y nostálgica, como cuando uno era niño y lo metían a ver Rugrats y de la nada uno estaba en ese universo y la vida cambiaba y uno salía y quería tener una aventura como la de esos bebés. Lo siento igual cuando veo una buena película de terror, me es imposible salirme, por más que todo mi cuerpo me pida cerrar los ojos o apagar la pantalla, ahí estoy esperando el terrible jumpscare y cuando crees que lo dominaste ¡PUM! Y una inmediata risa posterior de, “mierda, caí, pero sigo firme y pa donde vamos que pa allá voy”.
Esta peli es como el episodio de los Simpsons de la mano de mono a la que uno le podía pedir deseos, pero el deseo siempre venía con su bemol y todo salía al revés. El jovencísimo director dice abiertamente que la escribió después de ver ese episodio. Va: un man ahí todo tímido, clásico “buen tipo”, por azares termina deseando con brujería que su traga (la espectacular Inde Navarrete) se enamore perdidamente de él. Ya ven por dónde va, ¿no? Y va exactamente por ahí: obsesión re frita. Pero lo logran hacer de una manera muy bacana. Claro, las clásicas del terror: el jumpscare, las caras de locura, los cuerpos que se mueven raro. Pero hay una que cambian que para mí es un golazo. Los personajes no hacen estupideces, o si las hacen están justificadas.
No sé si lo comparten, pero no encuentro nada más harto en el cine de terror que cuando un personaje hace algo que uno no haría, pana, por qué vas a volver a la cabaña embrujada en donde murieron tus amigos, llama a la policía y ya está. Pero claro, por temas de guión si llamas a la policía, pues se te acabó la película. Acá no, acá la trama psicológica está tan bien construida que uno puede empatizar con el protagonista y uno puede entender por qué avanza en esa demencia, aun cuando es evidente que todo mal. Y es que en mi opinión la duda que deja esta película es, ¿quién estaba obsesionado ahí? Al final, y también está buenísima esa lectura, se cae ese perfil de “buen tipo”, perfil engañoso que puede esconder personas muy jodidas.
Fantástica, una película barata -clásico fenómeno de taquilla que con menos del 1% que otras películas, les está dando en la jeta-, hecha por gente joven -cuentan que en el rodaje el más viejo tenía menos de 30- y un statement de que el cine de sala de cine sigue vigente y que hay esperanza para nuevas creaciones y nuevos clásicos.
