En una entrevista reciente, el periodista y comunicador Santiago Rivas ofreció un punto de vista que llamó mi atención: el problema colectivo de la salud mental no se combate tanto con terapias individualizadas, sino más bien con comunidad. La comunidad, la experiencia comunitaria, la red, el tejido social —o como se le quiera llamar— podría ser no solo un antídoto a los males interiores del individuo (esos demonios y tristezas y obsesiones y adicciones que le carcomen), sino también a los males que le trascienden: los interpersonales, sociales, existenciales y hasta planetarios.
Con esto, la idea no es quitarle mérito a la psicoterapia. Yo mismo he sido acompañado en buena parte de mi adultez por psicólogas y psicólogos, incluso en tiempos en que no se hablaba tanto de ello y era causa de vergüenza. Cuando tenía veinte años —hace quince—, a más de un amigo macho en proceso aún verde de deconstrucción, le parecía una tontería que yo fuera adonde una terapeuta a llorar y hablarle de mis sentimientos. Cuáles sentimientos, pensarían, en ese tiempo en el que escasamente sabíamos nombrar cuatro o cinco emociones, si mucho. De hecho, visto en perspectiva, ir llenando ese vacío es uno de los resultados valiosos de la terapia en muchos de los que hemos hecho el trabajo de asistir: autoconocimiento, reconocimiento de emociones y herramientas para gestionarlas. Eso, sin contar el simple efecto de desahogo y contención que muchas veces se necesita en momentos de dificultad o confusión; una escucha paciente y activa.
Pero hoy en día, cuando enfrentamos lo que parece una crisis generalizada de salud mental en adolescentes y jóvenes, pero también en los menos jóvenes y los viejos, el tratamiento terapéutico figura como la solución más popular, de la que más se habla, la que más se recomienda, la solución del voz a voz. Yo mismo, hace unos años, fui predicador de los beneficios inasibles de la psicoterapia entre la banda de amigos hombres que crecieron conmigo. Hoy la psicoterapia es una solución amplia e incansablemente promovida en redes sociales, a través de terapeutas influencers y podcasts en apariencia desinteresados, aunque interesados siempre —como todo— en el incentivo mercantil. Mismas redes sociales que, valga decir, han sabido propagar irreparable y primeramente, la insatisfacción interior de tanta gente. Sobre todo de la gente más joven, que aterriza sin mucho cuidado en aquel brillante y lúdico ambiente, inocente e ignorante de toda la maraña cibernética que busca dominarle.
De hecho, la opinión de Santiago Rivas provino de una entrevista que le hacían en “Los hombres sí lloran”, uno de esos podcasts de hombres previamente alfas, pero ahora dulces y sensiblones, que se promueven en redes sociales y que invitan alegremente a cada uno de sus oyentes a contratar a un terapeuta. A romper con el estigma, abandonar su masculinidad rancia y elemental, y dejarse guiar al mundo de las emociones. Cosa que sí, es necesaria.
Pero el problema, si tan colectivo y global es, requeriría de la reproducción masiva de terapeutas para satisfacer tanta necesidad de la gente, o tanta gente en necesidad. O para atender la demanda del mercado, por hablar en código del capital —que es el código de la salud en todo caso—. O hacer marcación “uno a uno”, por hablar en fútbol. Cada personita con su atención individualizada, aventurándose en el camino socrático e introspectivo hacia hallar respuestas para vivir mejor o feliz, o para habitar en cada vez más momentos, en el momento presente. Para eludir el tedio, para librarse de la insatisfacción e incluso para sacudirse el deseo de ya no estar más.
Y para confirmar que en efecto esto nos concierne a todos, no hace falta sino preguntar mediocremente a ChatGPT para llegar a datos de alguna fidelidad, como que hay más de mil millones de personas en el planeta que padecen trastornos de salud mental. Lo dice la Organización Mundial de la Salud, según reza el bot, con lo cual será más o menos verdad. Pero tampoco me hace falta confirmar la globalidad del fenómeno, porque lo corroboro diariamente en la vida cotidiana, en mi propio núcleo, en el relato colectivo de tanta gente a mi alrededor, de conocidos y conocidas, de sus familiares; en la televisión, en la publicidad, en la comunicación de los gobiernos a sus ciudadanos, en las oenegés. Incluso en algunos familiares de generaciones impenetrables, en apariencia, como padres y madres boomers, o alguna abuela aún más previa, que es compasiva con su nieta porque “tiene ansiedad social” y sufre de ataques de pánico cuando está rodeada de desconocidos (aunque para la abuelita la cosa se habría corregido con unas jueteras bien puestas en la niñez).
Hoy hablamos en clave de trastornos, de patologías y de diagnósticos, aún cuando no sepamos muy bien de qué estamos hablando. La salud mental está de moda y todo es salud mental. De ahí, entonces, la idea de la comunidad que mencionaba Rivas en la entrevista. La comunidad como mecanismo que, en oposición (o complemento) al dispositivo individual de la psicoterapia, puede aliviarnos el apuro, partiendo de la premisa de que las soluciones individuales no solucionan al colectivo. La terapia no puede comprometerse a solucionar la soledad no deseada de un individuo que no tiene ninguna red y que parece destinado a morir solo. Y digo “no deseada” porque algunos la desean, o la aceptan con alegría, como el poeta Darío Jaramillo Agudelo que hace poco dijo que, en su vejez, él no vive la soledad “con sentimientos tangueros, sino con sentimientos caribes”. Pero para tantos más, la soledad es debilitante, no se busca y no es alegre. Y aunque es una experiencia singular, es ocasionada por una causa plural.
Está tan presente y acuciante la soledad hoy día, que da para pensar que antes no era igual. Se podría pensar que es un fenómeno más reciente —relativamente— el de la desintegración de los tejidos comunitarios sólidos y amarrados de las familias, vecinos y pueblos, en sus ruralidades primero, y en los barrios de las ciudades después. Lazos sólidos de cuidado colectivo, crianza común y juntanza barrial. También jerarquías arbitrarias e injusticias, porque toda luz tiene su sombra.
Seríamos nosotros, las nuevas generaciones X, Y y Z, quienes acogeríamos envalentonados el discurso idealizado de la independencia, la autonomía y la privacidad, propulsados por el conocimiento ilimitado del mundo que nos ofreció la internet. En mi generación y como urbanitas, ejercimos con vehemencia ante padres y familiares, el derecho a estar solos, mudarnos en solitario, separar tajantemente el espacio privado del común. Desvirtuamos la necesidad de estar rodeados y condenamos la vigilancia de sistemas familiares y comunitarios, resguardados en la confianza inocente de no necesitarles demasiado. Para con ello, saltar a la vida, satisfacer nuestros deseos e intereses, cumplir una misión única, singular y especial en el mundo que nadie más estaba llamado a cumplir, y ser felices. El individualismo inexcusable.
Y supondría uno que no hay daño en promover la proyección individual, y que es necesario trabajar en el desarrollo personal para resistir la existencia material en este mundo competitivo y feroz. Pero en tiempos de tantos malestares, sobreviene la duda de si el énfasis en el individualismo no nos ha llevado al extremo de fracturar irremediablemente el enramado comunitario, que estuvo allí siempre como mecanismo de cuidado. Si no le hubiéramos rehuído a los entornos comunitarios tradicionales de los que proveníamos, cuando perseguíamos nuestra misión única y egocentrista, no hubiéramos prevenido quizás algunas de las adicciones y trastornos que hoy nos paralizan. O tuviéramos ahora un estado mental más manso, soportado en la confianza de que el bienestar propio no solo depende de uno mismo, sino del grupo entero. O que si no nos hubiéramos distanciado y encapsulado en nuestra caprichosa gesta no estaríamos, simplemente, un poco menos expuestos a la soledad que hoy nos aprisiona el pecho.
No todo el mundo necesita terapia, decía Rivas, a sabiendas de que es una opinión impopular. Más de uno, decía, lo que necesita es simplemente un amigo; lo que sucede es que la gente está muy sola.
Y en mi opinión, esta es una mirada fresca y necesaria. Sí, la terapia es buena y provechosa, y ojalá más gente la experimentara, pero no lo es todo. El asunto que nos aqueja es de estructura y de lazos. Es producto de una cultura idealizada del individualismo que millones como yo hemos abrazado y defendido, que nos ha ilusionado con vivencias únicas, irrepetibles y superfluas, y de la cual ahora no sabemos escapar. Por tanto, parece cada vez más claro, casi como el agua, que el camino ahora es el contrario al andado. Ya no es una búsqueda privada y aislacionista, sino una intencionadamente compartida y acompañada, como remedio al estrago del ego.
