“Si hubiéramos sabido desde el principio, yo me hubiera ido en la otra moto”, fue una de las reflexiones de Dani en el cuarto de hotel de Lombok que alquilamos a última hora y del que nos aseguramos quedara cerca al aeropuerto, pues en la mañana del siguiente día teníamos vuelo para salir de Indonesia.
Más temprano habíamos visitado las cascadas de Benang Stokel y Benang Kelambu, el sightseeing más importante de la isla, como parte del itinerario de nuestro paseo por el Sudeste Asiático. Lo que no decía en ninguna web, y tampoco supieron decirnos los locales, es que ya en el sitio tocaba atravesar una trocha digna de motocrosistas antes de ver los manantiales. Dato no menos importante para uno que había aprendido a usar la scooter veinticuatro horas antes.
Empoderado por algunos kilómetros de ruta en carretera, con Dani en la retaguardia y dos maletas de cinco kilos cada una, asumí el reto de la destapada. A esas alturas tampoco había otra opción. Nos guiaba Roni, un local de veinticuatro años que había atravesado ese trecho por lo menos cuatro veces cada día desde que tenía memoria y que, por la velocidad con la que iba parecía asumir que yo lo conocía tan bien como él.
En aras de demostrar mi coraje, aceleré lo que pude y atravesé de manera digna las primeras empinadas y los primeros descensos, aún enterándome de lo complejo de la situación. Dani, al tanto de la situación, comenzó a expresar su nerviosismo con breves gritos que acompasaban los saltos de la motito. Entonces la valentía se transformó en angustia, al tiempo que el camino se hacía más agreste y mis aptitudes llegaban vertiginosamente a su límite. Como medida de contención, le pedí a mi amada que mantuviera la calma, pues su pánico era contagioso. Hizo lo que pudo por dos segundos, pero los gritos salían solos. La caída era inevitable.
Recordé después que, mientras me incorporaba y revisaba que no me hubiera lastimado, una moto pasó al lado nuestro y hubo un grito, no sé si de apoyo o de burla, pero necesario para pensar en Dani y volcar mi atención a ella. Se encontraba bien; como un piloto que sabe que su avión ya no se salva, había activado el protocolo de ejecución segundos antes del choque y había aterrizado en el pasto sin el más mínimo rasguño. Impotente y avergonzado, la culpé, pues supuse que su decisión de abalanzarse había jodido el centro de gravedad y de ahí el declive. Más tarde, mientras observaba una de las bellísimas cascadas me preguntaba si no había sido al revés: mi centro de gravedad se fue a la mierda por no saber abordar la trocha y ella saltó en un acto de supervivencia… Nunca lo sabré. Lo que sí supe es que mi reclamo no le gustó nada y, antes de que pusiera mi moto en pie, ella ya iba como parrillera en la moto de Roni, que con sus veinticuatro años era una alternativa mil veces más segura que ser la pasajera de su nuevo novio de treinta y siete que ni una scooter parecía saber controlar. Curiosamente, faltaban menos de doscientos metros de camino.
Tramitamos de afán el enojo pues era el inicio de una aventura más que no daba espacio para discusiones y una vez en la primera cascada nos dimos un beso y renovamos los votos que hacía tres días habíamos acordado frente a un atardecer púrpura y onírico en la isla Gili T mientras yo me tomaba un Bloody Mary y ella un Mojito sin alcohol porque le habían recetado antibióticos por una infección unos días antes.
Tres horas después, decidimos volver sin ver la última cascada que, según Roni, era la más floja de todas, pues no queríamos que nos cogiera la noche en carretera -menos después del reciente incidente-. En esta ocasión, Dani se subió como pasajera de Roni desde el inicio de la trocha y debo confesar que algo de alivio me dio. Pero, en una de esas paradojas loquísimas de la vida, no habíamos recorrido la mitad del temible trecho cuando a Roni se le varó la moto. “Yo puedo llevar a Dani”, vociferó mi orgullo urgido de redención mientras que la pobre caminaba hacia mí con el rabo entre las piernas. Se subió y tímidamente dijo: “Igual ya pasamos lo peor”, frase que interrumpí con el rugido de mi scooter mientras aceleraba con afán de vengarme del miserable camino. En lo que pareció menos de un minuto salimos impunes. Nos despedíamos del pobre Roni, que no llegó a enterarse de los hilos fantasmas que Dani y yo tejimos en su presencia y, una vez más estábamos en carretera, con nuestra vida por delante.
Esa noche abordamos una conversación compleja sobre nuestros planes a futuro y confrontamos dos formas de ver el mundo, tanto diferentes que nos dieron guerra por un par de horas. Y en el momento más álgido de la conversación llegó el recuerdo salvador de la caída en la moto como una metáfora conciliadora que nos abrió el camino al acuerdo y nos recordó por qué estábamos decidiendo vivir juntos: “Si hubiera sabido desde el principio, yo me hubiera ido en la otra moto”; “pero no lo sabíamos y acá estamos”. Entonces, el amor.
