El camino a Isla Sigma

Huérfanos del Sur

13 Mar 2025


Por estos días se comenta mucho sobre lo alocado de las decisiones que está tomando el gobierno estadounidense. Sobre cómo este gobierno está desequilibrando las relaciones geopolíticas y desmantelando el multilateralismo, como lo conocíamos. Y sobre cómo esta conducta americana no tiene precedentes y parece salirse de todos los esquemas. Y aunque en estos artículos busco alejarme de la coyuntura, abstraerme del "momento presente" —por usar un término que gusta mucho a mi generación—, en este caso, la verdad es que resulta muy difícil no aludir de manera específica al extravagante despegue del segundo mandato de Donald Trump en la Casa Blanca.

Desde el ángulo del entretenimiento, es un deleite. Es una coreografía graciosa, como circense, con curiosos personajes que hacen piruetas simpáticas. Como cuando Elon, en su tierna y natural rareza, imitó de forma divertida el saludo de Adolfo. O como cuando Trump y su gavilla arrinconan a Volodymyr en el Despacho Oval, en lo que parece un matoneo de niños grandes a uno chiquito, en la primaria de un colegio. "No, yo hablo más fuerte, te callas". Es como estar viendo Veep, pero esta vez no es una genialidad de Julia Louis-Dreyfus, sino el mandatario del ¡país número uno del mundo!

Pero cuando pensamos en otras cuestiones, como en la esperanza en la humanidad, en el valor de la solidaridad entre individuos y naciones, en el aprender de nuestros errores, en la famosa máxima del “construir sobre lo construido”, y tanto más, pues te causa menos gracia. Te produce más bien vértigo.

Trump y su gobierno, en el poco tiempo que lleva, se ha asegurado de enviar un mensaje fuerte y claro al mundo: ha regresado el bully de toda la vida. Panamá, ojo pues con ese canal. Zelensky, te van a matonear y tratar como a un pendejo. México, olvídate de tu golfo (y prepárate para los aranceles, y pilas con la frontera, y recíbeme a estos miles de deportados, y mira a ver por dónde te los metes, etcétera, etcétera). Para América Latina, por más grandilocuencias sobre el poder del latinoamericanismo antiyankee que el presidente de Colombia exprese en sus fanáticas diatribas de X, no podemos hacer mucho ante el paternalismo de toda la vida de Estados Unidos. Paternalismo que ahora se siente como el nuevo novio de nuestra madre, un padrastro nuevo y medio guapo, fuerte pero gordo, veterano de algunas guerras y con estrés post-traumático, que a veces nos da juete en la cara. Y no es victimismo. Es lo que es, hasta que deje de serlo.

Después vino una decisión sin precedentes que le puso los pelos de punta a mi sector (sin ánimo de lucro): por determinación de Elon, congelarían todos los fondos de USAID, la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional. El anuncio fue confuso, no se sabía bien lo que sucedería, pero la ejecución fue rápida. Se paralizaron todos los contratos de USAID con socios locales en decenas de países, congelando salarios de miles de personas, insumos básicos de proyectos en plena ejecución, apoyos alimentarios, medicamentos vitales. Es un impacto que no se alcanza a dimensionar. Un impacto que me es imposible comprender del todo.

Esta fue una nueva decisión que se inscribió en la narrativa de MAGA: Make America Great Again —que es una marca registrada a nombre del empresario Trump—. La instrucción de Trump a Marco Rubio, su Secretario de Estado, en mis palabras, fue “congela y recorta todo, preserva y adapta solo lo que favorezca los intereses de Estados Unidos”. Como si cualquier cosa que hiciera ya, o dinero que invirtiera, la Estados Unidos republicana o demócrata, no estuviera minuciosamente calculado para siempre, siempre, siempre favorecerles. De hecho, USAID también es (o era) un cálculo geopolítico. Como la misma ex-directora de la agencia lo puso, antes que ser la más grande agencia de cooperación internacional del mundo, USAID era primero un recurso fundamental de la diplomacia y la política internacional norteamericana. O sea, no es asistir por asistir, es una ficha dentro del ajedrez de la geopolítica. Como quien dice, “te ayudo, pero después te la voy a cobrar”.

La decisión de congelar USAID ha afectado mucho. Tengo años trabajando en cuestiones, llamemos de "desarrollo", en mi país Colombia. Y buena parte, si no todo, el tejido de organizaciones sin fines de lucro allí, nacionales e internacionales, se ha visto sacudido. También gobiernos, nacionales y locales, e incluso ciertos sectores del empresariado, de países pobres. O países "en vía de desarrollo", o del Tercer Mundo, o del Sur Global, porque ya nadie sabe cómo decirles, y cada forma de esas tiene más problemas que la anterior. Quizás exceptuando esta propuesta innovadora.

En todo caso, un impacto inconmensurable el del recorte de USAID.

Y ha puesto a la gente a opinar mucho, reunirse, hacer foros y webinars, buscar salidas. Y aunque el panorama es complicado, y de hecho me afecta directamente, a mí me interesa el trasfondo del asunto. En el subtexto, de lo que estamos conversando es de cómo trascender la dependencia en la ayuda gringa para salir adelante, para vivir bien, por decirlo de modo sencillo. Y hablo por Colombia, el tercer país que más ayuda recibe de EE.UU. Pero la inquietud es aplicable a tantos más, o a casi todos. ¿En qué mundo es posible que la asistencia de una sola nación, que representa apenas el 1% de todo su gasto público, determine para tantas otras la posibilidad de tener mejores condiciones de vida?

Leí hace unos meses —antes de todo este despelote— un dato que me maravilló: por encima de todo el dinero que invierte la cooperación internacional de países ricos en el mundo (por supuesto incluyendo la estadounidense), se ubica el dinero que los propios connacionales de países del Tercer Sur Global En Vía de Desarrollo envían a sus familias. Las remesas enviadas por personas migrantes originarias de 'países pobres' (me quedo con esta), que viven en 'países ricos' (y con esta), todas sumadas, superan por más del doble al dinero de toda la cooperación internacional de esos mismos países ricos. En otras palabras, la principal cooperación del mundo, por equipararle, es la de los países pobres hacia sí mismos, a través de remesas. Un buen ejemplo es India, que se lleva el primer lugar en el mundo en ingresos recibidos a través de remesas en 2024, originadas en las tres y cuatro generaciones de migrantes de ese país ubicados en imperios como el británico y el gringo, en Canadá y en Europa. Luego vienen China y México. Nicaragua, por ejemplo, no puntea en ingresos totales por remesas, por ser un país pequeño, pero sí es el país latinoamericano al que las remesas más le representan en su PIB (casi un tercio).

Con esto la idea no es sostener que no necesitamos de la cooperación gringa. El diseño del mundo al que hemos llegado por la historia, sencillamente, no permite prescindir tan fácilmente de ese jugador en el tablero. Pero el revolcón que ha significado la política circense de Trump, que incluye el recorte radical de billete hacia países pobres a manos de Elon, nos obliga a cuestionarnos. A mirar hacia adentro —antes de que volvamos a mirar hacia afuera, tal vez hacia el Oriente, tal vez hacia el Medio, más probablemente al Lejano—. Pero el poder de las remesas, que al menos para mí pasaba desapercibido, en medio de todo es un ejemplo de un fenómeno de supervivencia de los países 'no hegemónicos' (esta también es buena, académica), que prescinde de la ayuda oficial de los poderosos, y que contrarresta el sentimiento hacia ellos de subordinación. Es un acto revolucionario, si se piensa dos veces: es el migrante indio o filipino que pone su tienda en Nueva York o en Londres, que cosecha en dólares y libras, y que redirige esas poderosas divisas a su terruño. O la mujer cubana y colombiana y venezolana a la que se le ve sacando a pasear a la señora mayor en el Parque del Retiro en Madrid, y que cobra a la familia de esta última una platica que de otro modo no hubiera terminado alimentando muchachitos en el Caribe. Es otro tipo de conquista.

No será suficiente, en todo caso, y la dinámica de poderes en que degenera la civilización compuesta de naciones seguirá su curso. Es entonces, en no mucho tiempo, cuando los poderes se reorganizarán para ocupar los vacíos del repliegue americano. Cuando quizá, como sospecha todo el mundo, los chinos aprovecharán la coyuntura y se terminarán de filtrar, a través de las grietas de concreto, los agujeros de las alcantarillas y los oídos de los parlamentarios, para tomar las riendas. O tal vez es todo un movimiento calculado, como sugiere Jesús A. Núñez, en el que los grandes poderes estadounidense, ruso y chino —ya no el europeo— se pondrán de acuerdo para repartir sus zonas de influencia, ahora no con una mirada de cooperación y multilateralismo, sino con una de dominación y clásico imperialismo.

Está todo por verse.


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