“Les contaste un cuento sabiéndolo contar y creyeron que tu alma andaba mal”
El Tuerto y los Ciegos - Sui Generis
Muy tarde descubrí que en la vida marina el cielo es otro, que bajo el agua no existe la bóveda estática que hay en la tierra. La mayoría de las criaturas marítimas no sabe que cuando se cruza la oscilante frontera del agua, hay más vida. Ni siquiera nos enteramos de que nos rodea un elemento líquido que nos permite flotar, nadar, respirar y —total— existir. Tampoco tenemos por qué saberlo, en nuestras vidas rara vez hay margen para estas cuestiones. Y si llegamos a descubrirlo es porque estamos condenados: en la superficie, cuando se dilatan nuestras branquias y luchamos por no ahogarnos, entonces nos preguntamos por el mundo árido en el que terminamos. Algunos tenemos la suerte de volver al mar y la historia que contamos es tan inverosímil que preferimos guardarla y llegar a nuestro ocaso con la tristeza de no haber compartido la verdad. Incluso, cuando esta hubiera salvado a más de uno.
Siendo cangrejo, muy joven conocí las redes marinas. Me libré de ellas hasta el día que ya no pude: un violento jalonazo me sacó del agua y sentí cómo se duplicó mi peso. Caí en una superficie sólida y plana. Supe que éramos muchos y cuando busqué acomodarme, un nuevo sacudón nos arrastró hacia un agujero negro. Mis tenazas quedaron aprisionadas en una ranura y vi como una de ellas se desprendió de mi cuerpo cayendo con los demás. La otra amenazó con partirse, pero no lo hizo y me sostuvo. La superficie se volvió a enderezar y me pude liberar. Quedé de espaldas sin poder dar la vuelta y supe que estaba solo. Me costaba respirar, pero una reminiscencia de agua que caía me mantenía vivo. El cielo estaba oscuro y no ondulaba como antes. En el centro había una gran esfera blanca que lo iluminaba todo. Su luz me transmitió una calma que no sabía que necesitaba. El brillo, antes que molestar, me hundía en un trance del que no quería despertar. El mundo me dejó de importar y pensé que me quedaría allí para siempre. No sé cuánto tiempo pasó cuando escuché un golpe que me despidió una vez más. Caí al mar y me encontré nadando torpe y ciego en un arrecife desconocido.
Narré lo que me había pasado, pero recibí rechazos y burlas. Tanto mi historia como mi deformidad —tuerto y manco— me llevaron al ostracismo. Quise saber qué me había pasado y busqué las alturas. Terminé por aislarme en la roca más alta del arrecife, cerca de la frontera con la superficie. Nunca la alcancé pero ya no quise bajar. Me dediqué a buscar la esfera de luz de aquella noche. Comprendí que lo que vemos es solo un reflejo, que la luna está allá afuera y que es inalcanzable. Estudié todo de ella, aprendí sus ciclos y llegué a predecir fenómenos tan extraños como los eclipses. Esa sabiduría me hizo una criatura solitaria, incomprendida y misteriosa.
Llegó un tiempo en que la luna se acercó más de lo usual y fue cuando el océano más brilló. También fue cuando de las profundidades salieron unas criaturas únicas y mágicas. Empezó con un prisma de colores que pintaba un arcoíris en el arrecife. Tenía que ser el destello de escamas muy largas. A esto se sumó una melodía que resonaba en los corales. Entonces vi especímenes como no los había visto antes, no en estos mares, no en esta existencia. Si había algo de animal en ellos eran sus aletas, aunque no se parecían a la de ningún otro pez. Eran lisas y traslúcidas, pero se movían y aparecían todos los colores. Aún tan atractivas, era lo que menos llamaba mi atención: tenían torsos imposibles, pieles que no eran del agua, extremidades abundantes y largas que parecían no tener sentido y que se meneaban con la corriente como si fueran rollizas algas ondulantes. Y sus rostros, lógicos en su constitución, pero tan complejos en su individualidad —cada uno era único y diferente— que consumaban una belleza inenarrable.
Nadaban en una especie de banco, no del todo coordinado, pero nunca aleatorio. Ascendían con velocidad. No lo adiviné de inmediato pero una vez cerca lo entendí: venían por la luna. Les hipnotizaba su reflejo blanco y esbelto que bailaba al ritmo de la marea. Lo querían poseer. Intentaban sujetarlo con sus brazos en cada nueva interacción, pero se escapaba y reaparecía luego de un efímero burbujear del agua. Uno por uno, en intervalos definidos y con movimientos cada vez más solemnes. Y el reflejo nunca se dejaba atrapar. Finalmente se desvaneció con la luz del amanecer y las bellas criaturas descendieron, ebrias de amor y queriendo recuperar sus fuerzas para un nuevo flirteo. Me rendí al sueño mientras le daba vueltas a un verso en mi cabeza: tontas sirenas es por el mar que la luna baila y baila sin parar.
Fue una semana en que la gala se hizo habitual en el arrecife. Cada nueva velada era un despliegue profuso y sublime. Los peces que observaban sintieron que vivían su mejor vida y agradecieron este extraño regalo. La alegría y el confort fueron colectivos e incluso yo quise participar de la ilusión. Pero la realidad no me lo permitía y temía el día en que se descubriera. ¿Qué pasaría con estas criaturas? ¿Ya no subirían más? ¿Y los que habían depositado su bienestar en ellas? Estas dudas me mantenían al margen del trance. Llegué a pensar en elevar mi voz, detener el espectáculo, ¡advertir sobre el falso idilio! Pero no podía sino recordar el rechazo y preferí callar. No fueron muchas más las vigilias, pues la tragedia no tardó en llegar.
La séptima noche inició tan espectacular como las anteriores. Pero una vez se consumó el éxtasis del baile, algo cambió. El reflejo se empezó a atenuar. No es que se hiciera más esquivo, sólo su brillo era cada vez más opaco. Las criaturas se angustiaron e intentaron hacerse a su amante con más ímpetu. El burbujear era intenso y las corrientes de su aleteo sacudían la arena. El caos y la bruma no me permitían ver. Entonces se detuvieron, le daban la oportunidad a la calma. Pero solo hubo oscuridad. La intensidad de sus miradas, antes traducidas en amor, ahora era de desconcierto. Estaban en pausa. En los ojos de una vi el desespero exasperar y de repente, con una fuerza sobrenatural, nadó vehemente hacia la superficie. Atravesó la frontera y desapareció. El tiempo se detuvo por unos momentos. Cayó plena al agua causando un nuevo estallido de burbujas. No pasó un instante y ya otra la imitaba con la misma violecia. Una vez más al aire y otra vez el golpe seco al agua. Una más y otra más. De pronto eran misiles que aparecían de lugares impredecibles causando pánico entre los animales del arrecife. Quise gritarles, pero no había forma de que me escucharan. El delirio bullía y entonces una despegó ciega entre el burbujeo. Antes de que pudiera enterarse fue abruptamente detenida por el cuerpo de otra que caía. El sonido fue espantoso y las dos quedaron inmóviles. Sin vida comenzaron el descenso a las profundidades. Esto no detuvo a las demás que continuaron en su desvarío. Hubo más golpes mientras el agua se teñía de rojo y se escuchaban lamentos agónicos. Los disparos disminuían a la par que aumentaban los cuerpos que se hundían. Fue poco tiempo, pero duró la eternidad para quienes lo presenciamos.
Pude ver a una última criatura que, desolada, era testigo del fin de su especie. Me vio y quise mostrar compasión: aún te puedes salvar. Se dirigió hacia mí. Primero lento y depsués veloz. Aceleraba cada vez más. Al final nadó completamente fuera de sí. Alcancé a resguardarme en una grieta. El golpe fatal de su cuerpo contra la roca retumbó por todo el coral. No quise ver, pero la imaginé hundiéndose junto a las demás. Hubo silencio. El brillo de la luna volvió a resplandecer. El eclipse había terminado, pero ya no había nadie para bailar. Miré mi tenaza inexistente y sólo pude pensar en los cangrejos que sucumbieron la noche en que la perdí.
