El camino a Isla Sigma

El abandono de la ciudad

27 Jul 2021


Luego de más de un año de pandemia, posiblemente estaríamos de acuerdo en que, por décadas, no había sufrido la humanidad un golpe más despiadado como el que nos dio el COVID-19. Mientras científicos, periodistas e historiadores se han esforzado por anticipar los efectos de la pandemia, con menos éxito del que quisieran, muchos de los cambios nos han tomado por sorpresa. No esperábamos, por ejemplo, que el aislamiento y las cuarentenas tuvieran efectos tan punzantes en nuestra salud mental, al punto que se dispararan los niveles de ansiedad, o se redujeran las horas de sueño de la mayoría. O que el fortuito origen del virus en Wuhan desatara en algunos un desprecio pasivo-agresivo por la raza china, que pareció cultivado por años y que encontró entonces el pretexto perfecto para salir a la luz. O que la distribución de vacunas fuera a profundizar el ánimo nacionalista de la mayoría de países poderosos en el mundo, al hacer lo posible por vacunar a su población primero, como ignorando que más se retardaba el regreso a cierta normalidad si los países pobres no accedían también a las vacunas. Pero acá me concentro en un fenómeno al que la pandemia ha contribuido, y que ha sido menos previsible: el éxodo urbano.

En Colombia, el éxodo urbano es particularmente novedoso, porque parecía que no había culminado el éxodo rural (coletazo tardío de un fenómeno decimonónico), cuando ya la pandemia provocaba un contraflujo. En Colombia atravesábamos un proceso gradual de abandono del campo hacia las ciudades, especialmente por parte de jóvenes que no veían oportunidades de progreso en sus tierras. No solamente por las barreras propias de la desigual condición en que vive el campesinado colombiano, o por el asunto —no menor— del desplazamiento forzado; sino también por cada vez más globalizada (y tiktokizada). Los efectos del éxodo rural no son muy distintos de los que afrontaron países industrializados dos siglos atrás. El quebrantamiento del traspaso generacional de conocimientos agrícolas inmemoriales es uno de los más inquietantes, pues en el saber ancestral del campesinado se ubica buena parte de nuestra identidad cultural y alimentaria. el creciente desinterés en la ocupación agrícola de parte de la juventud

Pero los efectos del abandono del campo por quienes son sus ocupantes naturales, ahora se complejizan con la llegada de nuevos habitantes. Se trata de los acelerados citadinos, en busca de paraísos de campo improductivos que contribuyan a reducir sus trastornos mentales y ofrezcan el entorno adecuado para la errática práctica del mindfulness. Aunque es un fenómeno que se anticipaba, el proceso se aceleró cuando se hizo vigente la práctica del trabajo remoto, acogida a regañadientes por empresas y entidades ante la llegada del COVID-19. En efecto, la presencialidad obligatoria en el trabajo fue radicalmente desvirtuada por la nueva realidad, pero no fue un cambio que no se previera. La validez del trabajo asincrónico y remoto venía sugiriéndose desde aquel mundo pre-pandémico, del cual quizá nunca gocemos de nuevo. Pero solo el Coronavirus confirió la estocada final, demostrando que los sistemas laborales de muchas de las grandes organizaciones eran obsoletos, todavía aferrados a las dinámicas del mundo previo al Internet. Hoy puede afirmarse que la productividad es la misma —o quizá mayor— que aquella alcanzada antes de COVID-19, puesto que nos ha permitido entender lo superfluo del encuentro físico diario y obligatorio, lo improductiva que ha demostrado ser la dinámica jerárquica del jefe controlador, y lo cosmético, innecesario y antiecológico de los viajes laborales.

Esta excepcional coyuntura también ha modificado la media de edad de la masa migrante entre la ciudad y el campo. Porque antes de estos sucesos, podía ser común observar personas mayores perseguir el sueño de retiro en el campo, y solamente eran pensionados y pensionadas los que modificaban el paisaje humano en lo rural. Pero es llamativo que hoy han sido los jóvenes adultos (de las generaciones X y Y) los que han agarrado sus corotos y han emprendido su camino al campo, juntándose al éxodo hacia la ruralidad. Son ahora quienes viven en el ocaso de sus veinte, hasta los que disfrutan los arreboles de los cuarenta, algunos de los nuevos habitantes de predios en el campo, que ahora adaptan a sus necesidades cultivadas en la urbe.

Pero justamente estas adaptaciones conllevan el riesgo de modificar ciertas dinámicas tradicionales de las comunidades rurales que acogen a los desertores urbanitas. Ya se ha visto que en sectores aledaños a grandes ciudades —como es el caso de la región de la Sabana de Bogotá— ante la gradual llegada de los vecinos ansiosos de la ciudad, se desata una creciente valorización de predios, los cuales dejan de ser puestos al servicio de la práctica agrícola, para convertirse en sitios improductivos, adaptados a la estética y lujos urbanos. Dicha valorización se debe a la llamada “gentrificación”, que anticipa el incremento en los precios de los predios por efecto del mayor poder adquisitivo de sus nuevos habitantes. Si bien en un país como Colombia este fenómeno beneficia a los terratenientes, perjudica gravemente a los campesinos que por décadas han reclamado acceso a la tierra, pues aleja de ellos la posibilidad de, eventualmente, hacerse legítimamente con una parcela en la cual trabajar libremente, para sí mismos y no para otros. Otro fenómeno es la afectación cultural. Basta con unos pocos citadinos que lleguen a habitar las veredas rurales para que, también por el mercado, emerjan comercios de alimentos y enseres diseñados para el agrado del citadino. De manera que éste no sienta la ausencia de artículos vitales para su estilo de vida, como ofertas gastronómicas cosmopolitas, golosinas y licores importados, entre otros. Ello, a costa de incidir en el estilo de vida del campesino que previamente no se encontraba expuesto a un comercio de este estilo. No quisiéramos que ninguno de estos fenómenos empezara a reavivar el éxodo, ahora de los nativos.

En cualquier caso, también es cierto que el fenómeno del éxodo urbano se propulsa con la capacidad económica de los citadinos, y que es en realidad una posibilidad sustentada en el privilegio. No demasiados en Colombia tienen la posibilidad de sostener un capricho de este estilo, por lo que es posible que el fenómeno sea menos abultado de lo que sería, muy probablemente, en ciertos países del Norte con mayor riqueza, mejor distribuida. Por otra parte, hay quienes incluso afirman que, a pesar de la evidente tendencia de la gente de escapar del encierro urbano, dicho escape se convertirá tan solo en una faceta de la pandemia, porque a la larga, la gente regresará a las ciudades. Principalmente porque la gente no soportará la soledad y el silencio rurales y querrá rodearse de nuevo de más personas, en torno a los espacios urbanos que gradualmente se rehabilitarán, todo lo cual conllevará —como las pandemias antiguas han demostrado— a la sobredosis de aglomeraciones, juergas y desmadres.

A pesar de lo anterior, la transformación de los paisajes rurales a raíz del movimiento gradual de citadinos, y el subsecuente nacimiento de nuevas ruralidades, no deja de ser un asunto a considerar. Sobre esto, algunos pensamientos de salida. En primer lugar, más allá de que el fenómeno que atestiguamos sea efímero o duradero, replantear los valores sobre lo urbano y lo rural es provechoso. No está de más que, como habitantes de ciudades y metrópolis, nos detengamos a considerar la verdadera pertinencia, en este siglo, del pensamiento excesivamente urbanizante, acelerado e inmediatista de la sociedad (modelo que, dicho sea de paso, parece añorar nuestro primer unicornio). En cambio, podría ser interesante que consideráramos el retorno a una organización social más sostenible y mejor distribuida, como admite la vida en el campo. Pero, en segundo lugar, también es preciso considerar con sensibilidad cómo desenvolver dicha transición, pues el regresar de la ciudad al campo es, en mayor o menor medida, la irrupción al campesinado. Y aunque dicho movimiento también pueda significar provechos para el campesino —que estoy en deuda de enlistar—, lo cierto es que el trámite de regreso debe ser dialogado y armonioso, cuidadoso de las prácticas y los usos, y humilde y no impositivo. Porque si algún grupo preserva la esencia de nuestra identidad y cultura, mereciendo por ende nuestro mayor respeto y protección, debe ser el de los campesinos y campesinas del país.

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Artículo originalmente publicado en LinkedIn.


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