Hoy se habla de una especie de revival del catolicismo. Un revivir, o un regresar hacia sus valores. Hacia sus formas, hacia su control, o solo hacia su estética. No se sabe bien. Porque vemos cosas como el último disco de Rosalía, potentísimo y de gran revuelo, aunque efímero como es todo ahora, el cual pareció resultar de un acercamiento de la artista a la sacralidad religiosa. A los valores de la fe. Especialmente a esa fe que ella tendría más próxima, la de su terruño, su España, la eterna católica. De esto ya se ha hablado bastante, pues el álbum coincidió también con el estreno de “Los domingos”, película que desenvuelve la vida de una adolescente española que siente el llamado a ser una monja de claustro. Las expresiones artísticas hablando de espiritualidad.
Pero después vemos datos. Según encuestas, los jóvenes hombres de 18 a 27 años en España constituyen, junto a las mujeres mayores de 60 años, los grupos con mayor proporción de practicantes del catolicismo. Solo desde una percepción personal, el hecho de que los jovencitos de esa generación Z, tan rarita como es, volteen a mirar a la tradición católica, parece que empieza a acortar la fría distancia que esta sociedad desarrollada se había esforzado por marcar con la iglesia por décadas.
De hecho, desde mi experiencia de forastero migrante (pero nunca “expat”), oriundo de América Latina, me ha parecido de lo más curioso que una inmensa proporción de españoles y españolas guardan poquísima conexión con la espiritualidad católica, e incluso resienten de ella y condenan impíos a la iglesia corrupta, pero aún así disfrutan grandemente de su folclor, sus días feriados, los meticulosos belenes, los coros de las iglesias y las procesiones de madrugadas. Ni hablar de las fiestas patronales, las fallas, los sanfermines, y tantos jolgorios más que ha dejado la veneración a los santos, pero que hoy incorporan eme y rave.
Más allá de estas fronteras, escuchaba hace poco a Hasan Minhaj en una entrevista al sacerdote norteamericano James Martin, en la que comentaban sobre una misa multitudinaria en la iglesia Saint Joseph de Nueva York. El evento capturó la atención de medios y comentaristas, pues la mayoría de los asistentes a la misa eran jóvenes hombres de la generación Z, en busca de conexión con la espiritualidad católica. El revival atraviesa fronteras.
Un artículo del Washington Post disecciona el suceso, evidenciando que en este caso, sin que sorprenda mucho, el catolicismo juvenil gringo tiene otras capas. Solo con su titular, con sutil crítica, la nota parece cuestionar la verdadera presencia de fe en el regreso de estas juventudes al templo. Muchos de estos chicos se acicalan y se ponen guapísimos para la iglesia —inspirados por otros chicos encantadores de TikTok cuyo lifestyle combina el gym con la oración—, con el objetivo de conocer alguna chica buena, piadosa y de su casa. Pero también guapa y de buen cuerpo. Pues aunque en menor medida, ellas también vuelven a la iglesia.
En la entrevista mencionada, Minhaj sugiere que este fenómeno es la nueva contracultura, ese querer ir en contra, tan propio de las edades tempranas, de la joven adultez, de los idealismos. Lo contracultural hoy es, paradójicamente, volver a la iglesia, que representa precisamente el molde, la estructura y lo recto. Es decir, que como acto contracultural de rebeldía, se rechaza el mainstream —que disfruta victorias como la pluralidad, diversidad y autonomía personal— y se abraza la doctrina, la tradición y la regulación. A simple vista es un contrasentido que no acabo de solventar.
En el medio están los “teo-bros”, como se le llama a aquellos muchachos influencers de lo religioso. No es sorpresa que emerjan estos personajes amalgamados en el universo digital, que ha absorbido toda nuestra existencia. Son jóvenes que, como producto de su entorno —pero también como efecto colateral del desastre de las big-tech— habitan lo digital compaginando valores de lo “macho”, la obsesión por el ejercicio y la mejora personal, con la religiosidad y su idea de rectitud. Alimentan a sus seguidores con la idea de que hay que ser un hombre recto y normativo, que provee, que siempre mejora, y que se rompe el culo en el gimnasio para estar bien fuerte, bien varón. Todo lo cual, infortunadamente, se acerca desde un extraño ángulo al mandato de sacrificio del dogma cristiano.
Algo que dice el sacerdote entrevistado —un personaje que en todo caso parece abierto y moderno—, es que aparte de una “búsqueda natural de Dios”, la gente lo que busca es identidad y comunidad. Está más que claro que, uno de los males que afligen a esta humanidad, y quizá de los más silenciosos y acuciantes, es la soledad. Y mucho han hecho las redes sociales, y las big-tech detrás de ellas, para conseguir ese resultado. En sus orígenes pretendiendo lo contrario —conectar a la gente en Facebook—, pero después condenándonos al enclaustramiento del scroll infinito, atrofiando sin remedio nuestra existencia social. La iglesia, en este panorama, es un espacio que promete comunidad. La iglesia promete prójimo, en una atmósfera verdaderamente auténtica de simbolismos, música y estética, que parece haber sido diseñada, por milenios, especialmente para esos chicos y chicas jóvenes. Y encima, les ofrece un compás moral, un saber qué hacer, un pensamiento profundo, cuando el mundo parece cerrar puertas.
El cura Martin sugiere que este fenómeno bien podría inscribirse en el paradigma de la “post-secularización”, un concepto que yo no había escuchado antes, pero que literalmente se refiere a la superación de la sociedad secular: aquella que habría marginado completamente a la religión del orden social. El “post” quizá significa reconocer que la religión sigue vigente, que no podemos existir del todo sin la religiosidad, que la religión seguirá influyendo e informando los caminos de la sociedad. En sociología de la religión, autores describen la post-secularización como la “persistencia, reformulación o resurgimiento de la religión en la esfera pública”; y establecen que aquella idea acuñada del secularismo según la cual “a mayor modernidad, menor religiosidad”, parece que no se está cumpliendo. Por el contrario, la modernidad y la religiosidad cabalgan a la par y se entrelazan en formas extrañas, dando fruto a mamarrachos como los teo-tech-bros.
Para cerrar, no pretendo criticar ni defender aquí a las juventudes que se acercan a la religiosidad. Como dice el padre Martin, la búsqueda de Dios es natural, sea este cristiano, occidental, amarillo, verde, azul, animal, planetario, interior, o lo que sea. Y las religiones siempre se han ocupado de construir el relato, elaborar los monumentos y mostrar el camino hacia su conocimiento. Oremos entonces porque este nuevo movimiento hacia la religiosidad católica se trate solo de eso para la mayoría de estas juventudes: de una búsqueda verdadera de profundidad y comunidad, y no en cambio —Dios no lo quiera—, de una operación algorítmica para anclar los valores de la machosfera digital.
